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EL SALTO DEL SALMÓN >

Impotencia social > Luis Aguilera

   

Uno de los estados humanos que parece no haber gozado de mayor atención entre filósofos, sociólogos y antropólogos es el de la impotencia social. La otra, la sexual, ha merecido profusos y académicos estudios. Es probable que esta afirmación sea el típico atrevimiento del ignorante. Tendría que ser bibliómano y además políglota para aseverarlo prueba en mano. Pero los que andamos con las antenas puestas sobre estos temas, casi con seguridad hubiéramos captado alguna señal de su existencia. Otra cosa, mariposa, es que haya sido tocada, tangencialmente, para explicar situaciones y sucesos, oh queridos discípulos de Sastre.

¿Cómo podría, entonces, definirse la impotencia social? Como casi todo concepto, libera varias posibilidades y respuestas según de qué se trate. Una impotencia social es, en general, la que una comunidad siente ante un mal común pero teóricamente evitable o reversible. Como el delito, que es buen ejemplo. No es el miedo al crimen ni la sensación inminente de daño grave o irreparable. Se trata de que, a pesar de tener plena conciencia sobre las causas y los mecanismos del problema, somos incapaces de someterlo, resolverlo o acabarlo. Desamparados, llamamos a las puertas de los políticos como último recurso y pedimos que nos pongan un policía en cada puerta.

Impotencia social también es cuando sabemos que algo terrible pero remediable va a ocurrir y a los gritos pretendemos impedirlo. Los días antes a la invasión de Irak, la sociedad civil de medio mundo se desgañitó ante lo que se sabía un preventivo genocidio. Pero gritar es la más clara muestra de impotencia. Hay intereses superiores que son sordos hasta que no les cueste su dinero. Imaginemos, y esto es mucho imaginar, que un país como España, que tenía en contra de esa guerra el 95% de la opinión pública, hubiera decidido vencer su impotencia paralizándolo con una huelga indefinida. Otras hubieran sido sus tristes consecuencias. Va a suceder lo mismo con los indignados y con el movimiento Ocupy de los Estados Unidos. Organizan su impotencia pero no le van a tocar un pelo a los bancos ni al casino financiero. Viéndolos, los brokers se han permitido el recochineo de brindar por su propia impunidad.

Sería demasiado hablar de todas las impotencias que nos oprimen. América Latina sabe mucho de esto. Las hay, las hubo y las habrá de todo pelambre, género y calibre. Pero quien me ha traído al asunto ha sido el presidente Sebastián Piñeira. Ha aparecido en su discurso la palabra “orden”. Derecha pura y dura. Esto significa que se va arreciar el uso del garrote. No más razones ni diálogos fingidos. Los estudiantes atentan contra la intocable libertad de la empresa privada. ¡Qué es eso de educación gratuita y de calidad si todo en la vida tiene un precio! Que la paguen los que pueden y los demás al tajo. No todos pueden ser doctores. Se necesita mano de obra que inculta es más barata. Por eso hay que reprimir las manifestaciones, amenazar con la pérdida de cursos (y de su coste), y abrir las cárceles para estos niños revoltosos que no entienden el privilegio de tener onerosos préstamos bancarios. Que los silencie su demoledora impotencia ante el poder. ¡Qué asco!