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Después del paréntesis >

Indignados > Domingo Luis-Hernández

   

El gran políglota, mejor patriota, admirable y respetuoso político con los gobiernos legítimos de España (que no son el suyo o de los suyos) y las decisiones de los gobiernos legítimos de España (que no son el suyo o de los suyos), pieza meritoria (por lo demás) del gran emperador mediático Rupert Murdoch y expresidente de España, es decir, el ilustre señor don José María Aznar López declaró a un periódico ecuatoriano que “lo que fue una cosa más o menos en la que hubo participaciones diversas, no es [hoy] más que un movimiento marginal antisistema, vinculado a grupos de extrema izquierda”. Se refiere el preclaro conferenciante en universidades fulgentes de EE.UU. y el más que sutil analista político de la actualidad a eso que se ha dado en llamar indignados. Y no asombra el modo de responder del líder dicho, dado lo que fue, es y en lo que se ha convertido. De modo que viene bien ver, por si fuera preciso salvaguardar el pasaporte en un lugar seguro:

Uno: “participaciones diversas” significa que la protesta fue simpática al principio, porque la estirpe ideológica de los Aznar no es partidaria de que el sarampión se extienda, pero un poco de sarampión no viene mal para sus méritos, como ocurre con la oposición, siempre necesaria en su democracia, aunque sin que dé demasiado la lata, cual propuso el amigo Bush (su maestro del idioma de Texas) en el Congreso de EE.UU. en su momento.

Ocurre que el principio tiene subsiguientes y ahí la estirpe ideológica de los Aznar ha de dar el callo. Porque esto de los indignados hoy no tiene nada que ver con la protesta aquella que el grupo de bien tal organiza (pongamos la Santa Iglesia Católica contra la ley del alborto); esto es un asunto que mira más al cabreo monumental del común de los mortales porque (entre otras cosas) somos los que pagamos los platos rotos y a cara descubierta. Y ahí te quiero ver, esto es, la cosa se puede complicar. Y entonces don José María Aznar López debe manifestar la sospecha, no vaya a ser que a la cuadriga canallesca le dé por arruinar el sistema y eso no se puede consentir.

De donde, dos: “marginal”. Y claro, ante manifestación tan sumaria, y sin que sirva de precedentes, los que no estamos al amparo de la sabia y contumaz mordiente analítica del presidente de la FAES nos preguntamos, ¿marginal respecto a qué?, ¿respecto a la asociación de expendedores de combustible, a la asociación de coleccionistas de Barbies…? Supongamos que lo que el señor Aznar quiere decir es que si unos ciudadanos en uso de la libertad se manifiestan contra lo que él no quiere que se manifiesten lo hacen en contra del inviolable Estado, en su más pétrea concepción. Y eso está mal, sí señor, muy mal, pobres desgraciados que en mí no se miran, ha de decirse el ínclito. Por lo cual el tres ha de retorcerle las tripas a los dichos indignados: los ciudadanos comunes de este país, que sufren el ocaso de la ruina y el descalabro institucional, que pagan lo que no deben pagar y que se han convertido en la escoria de un sistema siniestro pueden ser calificados por el políglota y preclaro expresidente del Estado español como “vinculados a grupos”, que lo son (yo, usted, el otro, el otro, los chicos que protestaron en Sol, los que se manifestaron en Barcelona, en Washington, en Londres, en Roma, en París, en Tokio o en New York), lo son no solo de “izquierdas” (cosa que arrima una urticaria especial a la piel del dicho Aznar) sino de “extrema”, cosa que decidió a Franco (por ejemplo) y a sus esbirros a disparar sin compasión contra los sospechosos, aunque no se hubieran sublevado.

Recuerdo que Paul Krugman dijo hace unos días que lo de los indignados le parecía emocionante, pero que echaba en falta pensamiento en sus manifestaciones. Y es fácil oir a algunos otros miembros de la derecha de este país pedir que se organicen como partido político y que pidan el voto en las elecciones. Lo de Krugman y lo segundo es un error, un craso error. Porque lo que se manifiesta aquí es el absoluto fracaso del Estado en su concepción entreguista y menguante, el Estado que se dejó ganar por el ultraliberalismo, propuso rearticular las prendas deterioradas del sistema sin hacer nada, no se opone a que la parte más ridícula de la deuda la pague quien no la puede pagar, transfiera cantidades astronómicas a los deflagradores financieros o ponga el oído cerca de la boca de los que le soplan soluciones aberrantes cuando no debieran salir por mucho tiempo de la cárcel.

Luego, en casos como los de don José María Aznar López, mi abuela (que era muy sabia) diría: “a este hombre lo peor no es que le falte un tornillo, lo peor es que sigue gastándose un dineral en grasa para que no se le oxide el tornillo tal”.

Porque el ultraderechismo hoy y en estas condiciones es irrazonable (aunque sea, se imponga y mande, como hace la CEOE), y es irracional.

De manera que vuelvo a la sabia de mi abuela: así nos va a nosotros y así le brilla el pelo a don José María Aznar, Presidente que fue de mi país, pero que ante muchas de sus manifestaciones uno no puede menos de pensar que no sólo tiene algunas conexiones de la cabeza deterioradas sino que se empecina, el pobre, en no dejárselas revisar.