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José Abad y la fuerza indomable del azar > Álvaro Arvelo Hernández*

   

Comparto con José Abad un mismo tiempo vital, y eso delata que hemos caminado un territorio de vivencias semejantes, una memoria emocional que recorre los pasillos del Cabrera Pinto, y las calles de dos ciudades que nos vieron dar nuestros primeros pasos: Santa Cruz y La Laguna. Es en estas ciudades donde se construye la mirada de José Abad. En Santa Cruz, el artista participa en la primera exposición colectiva organizada por el Ayuntamiento de la ciudad en el Círculo de Bellas Artes, hace ahora cincuenta años. Pero la primera escultura de José Abad presente en esta exposición fue realizada mucho antes, en 1958, lo que habla del temprano acercamiento de Abad a los lenguajes de la escultura. Para el artista el azar no es sólo la energía que ordena la búsqueda de la forma: el azar es un principio rector en nuestras vidas.
Eros, formas y azar, la retrospectiva que desde estos días podemos contemplar, arranca en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, donde José Abad realizó su primera exposición individual en 1962, con la serie Tauromaquia. El Museo acoge ahora una revisión de sus inicios hasta mediados los años 70. En el Espacio Cultural CajaCanarias continúa este recorrido con nueve ámbitos que recogen los principales núcleos temáticos de su obra. Pero la exposición alcanza también el espacio público, en el entorno de la plaza del Príncipe y San Clemente, en donde encontraremos una parte significativa de su obra. La calle funciona aquí como un ámbito que vincula los dos espacios expositivos de Santa Cruz de Tenerife.
También La Laguna es protagonista, ya que nos presenta la obra más reciente del artista y su diálogo con escritores y poetas. En esta ciudad comenzó todo, en la calle Los Álamos, en la mirada del niño que escucha el rumor de los talleres vecinos, donde los artesanos devastaban la madera o doblegaban al hierro. José Abad habla del olor del hierro para referirse a aquellos años. Luego él compartiría espacio con aquellos hombres que doblegaban el metal, y las carpinterías en los modestos talleres de la Casa Lercaro. Recuerda que fueron esos maestros los que le dieron simbólicamente el título de artes y oficios. Su vocación, por lo tanto, despertó en esta ciudad, o en las playas de Punta del Hidalgo, donde estudiaba los callaos. Es de justicia que, el lugar donde todo comenzó, recoja ahora sus antepenúltimos trabajos, porque al artista le interesa menos la obra terminada que la obra por hacer. Su taller está siempre en marcha. A él le gusta jugar con la idea de “las cosas que ocurren en mi taller cuando ya no estoy”, para explicar esa mano invisible que mueve los elementos que van a ser ensamblados. Esos juegos que forman parte de los sueños del autor están presentes en numerosos collages de esta exposición. Las obras bajo la sección titulada Taller hoy, son lo que dicen ser: la obra recién salida del taller. La humedad de La Laguna ha acelerado su oxidación en los últimos días antes de ser expuestas. Es curioso que estas esculturas necesiten oxígeno, igual que nosotros, para ser lo que son, para cobrar vida.
En todo el conjunto de la colección que se exhibe no hay direcciones ciertas, sino confluencias de lo que han sido años de indagación, de preguntas, de pocas certezas, donde el azar es el hilo conductor de todo, como ha sucedido con la propia vida de este creador. Los espectadores podrán comprobar que la figura humana predomina en su obra. Su curiosidad por la compleja estructura del cuerpo lo ha obsesionado desde su primer acercamiento figurativo en los años cincuenta. Esta indagación sobre la esencia de lo humano atraviesa todas sus etapas para llegar a este encuentro con el pulso diario del taller. La Palabra escrita cierra este viaje en el que sus numerosos ensamblajes y collages nos descubren su fértil diálogo con los escritores, aunque deberíamos precisar que más bien son sus amigos los poetas: Pizarro, Pernás, Padorno, Palenzuela, Maccanti y Pedro García Cabrera.
Esta no es una exposición al uso. Como todo en Abad, su preparación ha supuesto un esfuerzo titánico, que ha exigido lo mejor de los equipos de CajaCanarias y de los ayuntamientos de Santa Cruz de Tenerife y La Laguna. Ha sido también, como todo en la vida de este prolífico autor, una pelea contra los elementos culminada con éxito y que ahora nos permite disfrutar de más de 400 obras entre esculturas, dibujos y grabados, que llenan de vida nuestras ciudades y constituyen una ocasión irrepetible de alcanzar esa raíz de un arte que parte de lo ancestral, de la reflexión de lo humano, para reencontrarnos con uno de los grandes creadores de esta tierra.
José Abad pudo desarrollar su carrera en cualquier capital del mundo. Pero decidió muy pronto que tenía que construir desde aquí. Demostró que, desde tu tierra, se puede romper el velo del aislamiento. Desde aquella primera exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes, Abad ha realizado 58 exposiciones individuales por todo el mundo. Madrid, Venecia, Alejandría, Basilea, Barcelona, Palma de Mallorca, Cádiz, Cuenca, Málaga, o París, entre otras tantas ciudades, han proyectado la mirada indagadora de Abad, su capacidad inagotable de asombro, su búsqueda incansable de la verdad y la belleza, a partir de una obra siempre cambiante, siempre abierta a la sorpresa, a lo que trae un camino que no siempre se sabe muy bien a dónde nos lleva, pero que él sigue caminando incansable.

*Presidente de CajaCanarias