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Juventud y redes > Miguel L. Tejera Jordán

   

Me han causado muy buena impresión las declaraciones a la prensa de un joven estudiante lagunero, de 18 años, alumno de la Facultad de Derecho y llamado Eduardo Martín, quien fue seleccionado para asistir al Congreso sobre Familia, Adolescentes y Drogas, organizado en Bilbao por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y por el Ministerio de Sanidad. El muchacho califica las redes sociales como dañinas para los jóvenes y dice que al botellón se va para desinhibirse y ligar. Y que muchos admiten consumir drogas por puro aburrimiento. Eduardo plantea algunas alternativas: que las autoridades abran pabellones deportivos por las noches para que muchos jóvenes acudan a practicar su deporte favorito, en lugar de acogerse al mal rollo de la borrachera de alcohol, frecuentemente mezclado con estupefacientes diversos, a cual más peligroso. No voy a pedir a estas alturas que nuestros niños y jóvenes se retrotraigan a los tiempos de mi infancia y primera juventud, cuando no existían los ordenadores, ni los teléfonos móviles y ninguno de nosotros se encerraba entre cuatro paredes, todo el día y gran parte de la noche, para entrar en Twitter o en Facebook. No pretendo que salgan de sus casas a volar cometas o a confeccionar camiones de verguilla, iniciar una guerra de berodes, matar lagartos a pedradas, o bañarse clandestinamente en los estanques y charcas de los pueblos, porque aquéllas eran buenas prácticas, en parte y, malas, muy malas y peligrosas, en otras, como por ejemplo la de bañarnos en los estanques, con el riesgo cierto que corríamos de ahogarnos, enredados en la ciénaga verde que cubría, cual manto, la superficie de muchos depósitos de regadío.

Ahora bien, una cosa es poner en peligro la vida propia sumergiéndose en charcas de aguas malolientes, o dedicarse a despanzurrar lagartos con tirachinas, o cazándolos con balangos, y otra muy distinta permanecer encerrado en la habitación de nuestra casa, agotando todo el tiempo libre de que disponemos entre cuatro paredes, dándole a la tecla de un ordenador. Es malsano y enfermizo. Y la culpa de tan mal hábito no puede proceder, sin duda, más que de los padres. El ordenador es un gran invento que aporta muchísimas soluciones a nuestros trabajos cotidianos. Sirve además de entretenimiento, navegando por esos mundos virtuales, bajando cosas muy interesantes de internet o, simplemente, visionando y participando en algún videojuego entretenido, mientras se descansa de la tarea que cada jornada los adolescentes se llevan a casa. Pero una cosa es acudir a Google Earth para resolver algún problemilla de geografía física, o política, y otra muy distinta estar de cuchicheo permanente con los amigotes de turno, sin estudiar, sin ver la luz del sol, sin respirar aire limpio, sin practicar algún deporte al aire libre, porque semejante adicción resulta dañina. Los padres deberían estar más al día de estos hábitos de sus hijos, en lugar de desentenderse de ellos. Aunque, a decir verdad, cuando uno ve a los padres dejar a sus pequeños vástagos en la guardería, o en el colegio, a horas muy tempranas, sin que pasen a recogerles hasta bien entrada la tarde, sin saber muy bien qué hacen, o qué comen, o con quiénes se relacionan, pues no me extraña que en casa tampoco se tenga por costumbre observar cuántas horas pasan delante del ordenador, cuándo se hacen mayorcitos, ni qué amistades tienen en las redes sociales. Si encima la o el adolescente resulta que no se pasa por un gimnasio, o por una cancha de baloncesto o fútbol sala, sino que empata con el botellón, tenemos cerrado un círculo vicioso en el que nuestra juventud se estrella estrepitosamente.