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POR QUÉ NO ME CALLO >

La barbarie > Carmelo Rivero

   

El anuncio urbi et orbi del cese definitivo de la violencia por parte de ETA, como si se apagara el Etna, coincidió con la práctica desactivación del volcán cohibido de El Hierro y dio paso a un maremágnum de reacciones, dentro y fuera de España, entre suspicacias y parabienes por el deceso tras los recesos continuos de la banda. El País Vasco durmió esa noche en paz y los vecinos de La Restinga que volvieron a casa vencieron el insomnio haciendo caso omiso al olor acezante a azufre. Los términos del testamento vital de los terroristas, descabezados policialmente y sin caja de resistencia (en parte, como cualquier otra empresa, la crisis se los lleva por delante), certificaban la inmolación de la bestia tras 43 años de palos de ciego y más de 800 víctimas en vano. En el último parte, los volcanólogos, tras semanas de una escalada de violencia geológica que hacía temer (tremer supongo está mal dicho) lo peor, o lo mejor, según un descorazonado Alpidio Armas, se rindieron ante la evidencia: el cese de actividad del volcán, como si de ETA se tratara. Esta ETA estatuaria que queda no ha desaparecido del mapa, entiéndase bien, el volcán tampoco: de la faz de la tierra, se ha sumergido bajo su propia sombra verde en aguas turbias y permanece latente, sin dejarse ver.

La naturaleza es sabia y desalmada, siempre ejerció una violencia atroz, que los seres humanos imitamos burdamente en frecuentes ejercicios de mutuo exterminio, sin haber conseguido impedir que ya seamos 7.000 millones dispuestos a matarnos unos a otros con el mínimo pretexto. El terrorismo es la expresión corporativa de la fiera que llevamos dentro. Los móviles de Sirte que grabaron la captura y ejecución sumaria de Gadafi al caer en manos de una jauría de lobos hambrientos, ilustran ese instinto depredador que lo mismo alienta revoluciones ovacionadas que hordas denigrantes de terroristas de cualquier calaña ideológica. Esto invita al estudio del cerebro humano, en fin, galardonado en los Príncipes de Asturias: lo mismo una letrina que apesta a mil demonios que un parnaso bajo el sombrero negro de Leonard Cohen, premiado también en la misma gala anual. En una cumbre de países no alineados (La Habana, 1979) reparé en aquel anciano imperturbable sentado durante las sesiones sin apenas poder moverse. Era Tito, con Yugoslavia en la cabeza, ya sin fuerzas a los 87 años. Fue morir al año siguiente y su país se desintegró bajo un baño de sangre. ¡Libia, libre y esclava tras la vida y muerte del tirano!