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Desde la cubierta del ‘Beagle’

La importancia de un nanosegundo

   

Soyuz preparada para el lanzamiento de los primeros satélites del sistema Galileo. / ESA

POR JAVIER PELÁEZ

En 1650 el arzobispo irlandés James Ussher publicó su Annales veteris testamenti (Anales del Antiguo Testamento) una obra en la que daba a conocer su investigación sobre el texto sagrado y del que extraía la edad de la Tierra.

Utilizando las genealogías señaladas en la biblia y realizando los cálculos pertinentes hasta retrotraerse al momento divino de la creación, Ussher afirmaba que nuestro planeta se creó en el año 4004 antes de Cristo. Para ser más exactos, el gran momento ocurrió el 23 de octubre al mediodía.

La precisión y firmeza con la que el arzobispo Ussher señalaba aquella fecha concreta supuso un alivio para muchos, puesto que la cuestión se había debatido durante largo y tendido.

Tiempo atrás, el benedictino Beda el Venerable, traductor, historiador y Doctor de la Iglesia daba por cierto que la Tierra se había creado el año 3952 antes de Cristo. Por su parte, el estudioso francés Joseph Justus Scaliger, unas décadas antes que el irlandés, también aportaba su propia fecha al debate, concretamente el 3949 a. C.

Ante este baile de fechas, la datación de Ussher por fin acababa con aquellas viejas disputas, y viniendo nada menos que de un arzobispo, parecía tan fiable que fue aceptada por la Iglesia como verdadera.

En los años siguientes, y teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos, no era frecuente que surgieran voces discordantes que se atrevieran a dudar de ella.

La Tierra tenía 6.000 años y para responder a los pocos que osaban cuestionar la autoridad eclesial lanzando puntillas como “¿Y a qué se dedicaba Dios antes de crear el mundo?”, siempre se podía acudir a las palabras de San Agustín que varios siglos antes ya respondía: “Estaba preparando el infierno para los que hagan preguntas incómodas”.

Sin embargo, a lo largo de la historia con frecuencia se ha demostrado que la curiosidad suele vencer a la amenaza de las llamas eternas y, aunque tuvo que pasar casi un siglo desde entonces, la aparición de toda una generación de naturalistas iba a hacer temblar las columnas dogmáticas del conocimiento basado en la religión para abrir un nuevo camino de observaciones, viajes e ideas revolucionarias. Entre esa camada de naturalistas yace oculto y casi olvidado un escocés que hoy en día es considerado como el padre de la geología moderna. Se llamaba James Hutton y ciertamente era un personaje peculiar.

Hambriento de conocimientos y con una curiosidad innata, a Hutton se le hacía muy cuesta arriba eso de creer que la Tierra tuviera tan solo 6.000 años, más aún cuando llevaba décadas estudiando la lenta formación de rocas y minerales.

Observaciones

Hutton estimó la edad de la Tierra basándose en observaciones y concluyó que los procesos geológicos que están actuando en la actualidad, se han venido desarrollando también en el pasado y que éstos necesitaban de cientos de miles o quizá millones de años para llegar a dibujar un planeta como el nuestro. El concepto de “tiempo profundo” del escocés se oponía radicalmente a la fecha ofrecida por el génesis de Ussher y por primera vez lo que podría considerarse como un incipiente método científico se acercaba realmente a la verdadera edad de la Tierra.

Dataciones

Aunque Hutton también se equivocó con sus dataciones (hoy sabemos con un alto grado de certeza que la Tierra tiene unos 5.470 millones de años) la vía que inició con sus observaciones geológicas, en sus múltiples viajes a caballo por las costas de Escocia, fue un primer paso importantísimo y por supuesto, mucho más exacto y aproximado que el tiempo estimado por el arzobispo Ussher.

James Hutton y sus observaciones geológicas para conocer la edad de la Tierra

Definir el tiempo con precisión. No existe nada en la Naturaleza cuyo conocimiento haya deparado tantos avances a la Humanidad.

Gracias a que aprendimos a medir el tiempo desde los tiempos más remotos nuestra sociedad ha podido conocer las estaciones, sembrar las cosechas, navegar los mares, calcular trayectorias de satélites… Puede parecer que una décima de segundo no es nada, pero en nuestros tiempos la exactitud con la que consigamos medir el tiempo es vital y te afecta día a día cuando enciendes la televisión, hablas por tu teléfono móvil, o conduces guiándote mediante GPS.

Telecomunicaciones

Desde los movimientos de la bolsa hasta los grandes buques mercantes dependen de las telecomunicaciones y cada satélite que órbita la Tierra incorpora un reloj atómico de precisión del que depende su correcto funcionamiento.

En los asombrosos días que vivimos un nanosegundo puede significar toda una revolución en la física y la ciencia que conocemos. Un nanosegundo, ese gigantesco instante imperceptible para el ser humano marca hoy en día la diferencia entre el éxito o el fracaso.

Hace unas semanas durante el experimento Opera se midió el tiempo que tardó un haz de neutrinos en recorrer los 730 kilómetros que separan el CERN en Suiza y Gran Sasso en Italia.

Los 60 nanosegundos que aventajaron a la luz se han hecho ya famosos y podrían suponer, si realmente las mediciones son precisas, una interesantísima revolución en la Física.

Hoy jueves 20 de octubre la Agencia Espacial Europea (ESA) lanza desde la Guayana Francesa los dos primeros satélites de Galileo, el nuevo sistema global de geolocalización y navegación que regirá gran parte de nuestras telecomunicaciones en el futuro.

Un proyecto civil que estará formado por una constelación de treinta satélites que mejorará sensiblemente cientos de aplicaciones en tráfico aéreo, ferroviario, marítimo y por carretera, tanto público como privado.

Mientras tanto, en el Jet Propulsion Laboratory de la NASA se ajustan todos los preparativos para el DSAC, Deep Space Atomic Clock, un reloj atómico que pretende ser hasta diez veces más preciso que los actuales y que, incorporado en los futuros satélites, podrá medir el tiempo con la mayor exactitud lograda por el ser humano en toda su Historia.

Quizá no lo notas, pero nuestra vida hace mucho que no se cuenta en años, meses o días. Hoy, nuestro mundo se mide en nanosegundos.