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La necesidad del Instituto Volcanológico de Canarias > Ricardo Melchior

   

El fenómeno sísmico-volcánico registrado en la isla de El Hierro ha situado al Archipiélago en el primer plano de la actualidad nacional, incluso con referencias destacadas en medios informativos de otros muchos países del mundo. Cuarenta años después de la erupción del Teneguía, en la isla de La Palma, da la impresión de que la memoria colectiva ha vuelto a reparar ahora en un hecho evidente: el origen volcánico de nuestras Islas, consecuencia de una intensa actividad procedente del interior de la Tierra. Y esa singularidad debería ayudarnos a aprender a convivir con la actividad de los volcanes, como si de una buena relación de amistad se tratara.

Conscientes de estas circunstancias, igual que de la responsabilidad que tienen las instituciones para coordinar todas las acciones científico-técnicas que conduzcan a la reducción del riesgo volcánico, igual que a minimizar cualquiera de los problemas y amenazas surgidas como consecuencia de una actividad de este tipo, llevamos más de seis años defendiendo la creación y puesta en marcha del Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan). En concreto, en el año 2005, siendo senador de Coalición Canaria, logramos que la Cámara Alta aprobara por unanimidad una propuesta que instaba al Gobierno del Estado a la creación de dicho organismo, con el horizonte puesto en el segundo semestre de 2006. Lo mismo sucedió con el Parlamento de Canarias, respecto al Ejecutivo autónomo.

La prolongada ausencia de respuestas por parte de ambas administraciones nos obligó a tomar la iniciativa desde el Cabildo insular, a través del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), con el firme respaldo de medio centenar de prestigiosos especialistas de todo el país, procedentes de una treintena de instituciones y organizaciones científicas y profesionales. Como se recogió en el Manifiesto por el Instituto Volcanológico de Canarias, suscrito por esa comunidad científica, resultaba urgente su creación para dar el servicio que la sociedad demanda, tal y como se describía incluso en las declaraciones unánimes del Senado y el Parlamento de Canarias.

De hecho, el Involcan viene prestando a día de hoy una colaboración valiosísima en la crisis sísmico-volcánica de El Hierro, a pesar de la nula receptividad con la que se ha encontrado por parte de las administraciones citadas. Sirva como ejemplo el ninguneo al que fue sometido recientemente, con ocasión de la reunión mantenida en Madrid por el Comité Estatal de Coordinación de Protección Civil sobre Riesgo Volcánico, a la que ni fue invitado a participar.
Lejos de obedecer al capricho personal de algún científico, dirigente político o institución local, la creación de este Instituto Volcanológico de Canarias es una vieja aspiración que abanderó en otro tiempo el profesor Telesforo Bravo, probablemente uno de los mejores conocedores de nuestro volcanismo y de manera particular del Teide. De él pretendimos recoger el testigo que nos dejó, convencidos de que ha de ser una herramienta indispensable para la mejora de la protección civil en esta materia. Concebido como un ente autónomo participado por las administraciones del Estado y de Canarias, con el apoyo de los Cabildos ubicados en las islas con mayor riesgo volcánico, el Involcan solo puede tener su sede en el Archipiélago -más concretamente, en Tenerife-, por ser la única parte del territorio nacional que ha experimentado erupciones volcánicas durante el medio milenio último, además de subsedes en otras islas. Entre sus funciones básicas figuran la elaboración de los mapas de peligrosidad volcánica de Canarias, con la finalidad de realizar una zonificación del territorio, así como el diseño, la operación y el mantenimiento de un programa de vigilancia multidisciplinar que incluya el uso de técnicas geofísicas, geoquímicas y geodésicas para mejorar la detección e interpretación de señales de alerta temprana sobre cualquier crisis que pudiera ocurrir.

En definitiva, como dijimos hace seis años, cuando obtuvimos el respaldo del Senado y el Parlamento regional para su creación -todavía pendiente de materializarse en forma de apoyo decidido desde las administraciones competentes-, se trata de “asegurarnos la mejor comunicación posible con los volcanes, que son nuestros amigos y que nunca debiéramos asociar con la palabra alarma. Pero, indudablemente, tenemos el deber de aprovechar todos los recursos disponibles, fruto del avance tecnológico, para conocer mejor lo que se cuece bajo nuestros pies”. Confiamos que ahora, con ocasión de la experiencia que estamos viviendo en El Hierro, no haya más vacilaciones y que se tome conciencia, de una vez por todas, sobre la importancia de dotar a este instituto de los medios humanos y técnicos necesarios para que pueda llevar a cabo de manera efectiva las funciones que le corresponde.

*Presidente del Cabildo de Tenerife