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Septiembre de 1976 > tragedia en ‘Divina Pastora’ (y II)

La plaza de Bartolomé García Lorenzo

   

POR CARMELO RIVERO

En la plaza de García Escámez, la barriada insurgente junto a Somosierra en los años 70, en Tenerife, nos hemos vuelto a reunir, con cierta alopecia, arrugas y canas, un grupo de testigos presenciales del momento político en que fue asesinado, hace 35 años, el joven estudiante Bartolomé García Lorenzo.

La plaza, la misma plaza que explotó tras el suceso como hacen los volcanes, ahora -el miércoles 21 de septiembre- estaba serena y escuchaba con un silencio entrecortado las palabras de Dulce García Lorenzo, hermana del estudiante de Magisterio, de 21 años, deportista y risueño, “alto, atlético y tremendamente cariñoso”, que unos policías ofuscados mataron a quemarropa.

La muerte de Bartolomé fue un aldabonazo en la conciencia de los jóvenes inconformistas que movilizábamos a la gente con tal de precipitar la ruptura democrática. Sucedió a las once y cuarto de la mañana del 22 de septiembre, era miércoles, corría el año 1976 -no cualquier año, el año después de la muerte del dictador, y en plena Transición boquiabierta. En el recorte de periódico pegado en el tablón, junto a la mesa para los invitados al debate en la placita, leí rodeado de vecinos la crónica de Miguel Tejera Jordán, documentada, meticulosa, con la enumeración de los detalles periciales del caso, los 33 impactos de bala en la puerta -que quedó como un colador-, a ambos lados de las jambas. “No estaba armado”, subraya el periodista, saliendo al paso de los primeros rumores interesados que desdibujaban los hechos como si de un tiroteo cruzado se tratara.

Aquello fue una ignominiosa carnicería. Bartolomé estaba en casa con una prima y una pequeña de la familia. La policía llegó con exageración a Somosierra. Dijeron después que pretendían encontrar a El Rubio, un delincuente legendario de Arucas buscado por el presunto secuestro del industrial tabaquero Eufemiano Fuentes. Yo estaba al corriente de los pormenores de toda aquella historia cutre de policías desorientados porque seguí la noticia al pie de Las Meleguinas, el chalet de Fuentes en Santa Brígida. Iban tras el rastro de un fantasma. “¡Huye, Rubio!”, había gritado alguien en su Arucas natal, y Rubio se quedó.

Cuando desapareció Eufemiano Fuentes (el poderoso empresario franquista que había participado en las brigadas del amanecer durante la guerra y en el trayecto a Cádiz habría tirado a más de un preso político por la borda al grito de “¡Patitos al agua!”), en un aparente rapto nunca esclarecido, el primer sospechoso fue Ángel Cabrera Batista, El Rubio, una leyenda del rudo hampa local. ¿Fue El Rubio culpable del secuestro y asesinato del hombre que amasó una fortuna con el tabaco? Nunca lo sabremos, y el letrado que lo defendió siempre lo puso en duda. ¿Fue visto Eufemiano, con posterioridad, en algún escondite latinoamericano vivo y coleando? Hubo testigos que, a la vuelta, daban fe de ello, pero se mitificaron en exceso ambas figuras -el presunto falso secuestrado y el captor escurridizo- y la verdad permaneció oculta en el silencio sepulcral que guardaría hasta la muerte Ángel Cabrera, muchos años después, cuando decidió regresar a su tierra y entregarse.

Cerró el pico, enfermo y alucinado, y se llevó el secreto a la tumba. Sin embargo, Bartolomé García Lorenzo, la mañana del 22 de septiembre de 1976, cayó gravemente herido detrás de la puerta, cuando la cerró instintivamente por el sobresalto, intimidado por media docena de agentes convencidos de que habían dado con el refugio tinerfeño de El Rubio. Ahora, en la plaza de su barrio de nacimiento, los vecinos seguían haciéndose las mismas preguntas sin respuesta sobre el equívoco mortal.

Bartolomé fue hospitalizado y murió a los dos días. Tras los disparos, entró un agente en el despacho del gobernador Mombiedro de la Torre y le dio la noticia de que había sido batido El Rubio en Somosierra. Cuando comprobó el error, el gobernador se desmoronó. La escena la relató el jueves en Teide Radio-Onda Cero el periodista Leopoldo Fernández. El Gobierno Civil, ante la dimensión del despropósito, instó al juzgado a abrir diligencias; los policías fueron condenados a dos años de prisión e inhabilitados, pero en la práctica -fuera por la vía de un perdón soterrado o por la desidia y complicidad de los últimos mohicanos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado del franquismo- siguieron ascendiendo en el escalafón.

Fue la misma inercia permisiva y consentidora que libró de la cárcel al comisario Matute, que mató a patadas a Antonio González Ramos -un obrero de Philips Morris insuficientemente reivindicado- durante un salvaje interrogatorio en 1975, o que dejó impune el asesinato por parte de un guardia civil del estudiante de Biológicas Javier Fernández Quesada, en 1977, crímenes encadenados que recordaban en esta ocasión en García Escámez el abogado laboralista Alfredo Horas y el historiador Ignacio Reyes.

A las once y cuarto de aquel 22 de septiembre, la policía tocó a la puerta del tercer piso, en el portal 4º del bloque de la Divina Pastora, e hirió de una ráfaga al joven Bartolomé, que dio un portazo y pidió un médico. Era inocente.

Este pasó a ser un crimen político, un detonador social que lanzó a la gente a la calle en una de las revueltas más acaloradas y emotivas que se vivieron en aquellos días terminales del régimen. El ambiente estaba caldeado por la mítica huelga de Cesea, que era la primera legal en la provincia. No olvido los choques entre vecinos y fuerzas del orden, que repelían a los primeros con pelotas de goma, las carreras y el despliegue de antidisturbios.

Había un caldo de cultivo, como mencionó en el acto el periodista y dramaturgo Cirilo Leal. Horas reconstruyó escenas de una confrontación social con la dictadura en la espera y la esperanza de un cambio de sistema que hoy se revela deficiente.

Debatimos, con la muerte de Bartolomé de fondo, sobre la Canarias que salía de la represión y estrenaba un embrionario nacionalismo de izquierda aún entonces por definir. La calle era un volcán. Explotaba con cualquier pretexto. Bartolomé fue una espoleta. Su muerte, 35 años después, sigue viva en el corazón del barrio. Los amigos han cobrado años y desencantos, pero, como contaba uno de ellos, Canono, es imposible olvidar a Bartolomé, “era de esas personas que daba ganas de estar a su lado todo el tiempo”. Alguien lo llamará carisma. Su hermana lo llamó espiritualismo, fuerza interior. Tenía 21 años tan sólo, era senderista, buceador, afectuoso y waterpolista, cantante, teatrero, un alegre seguidor de Los Beatles, José Feliciano y Víctor Jara, un muchacho vital.

“No te dejaron ser padre, ni maestro, silenciaron tu armónica y tu flauta dulce, tus canciones y abrazos”, leyó, casi recitó Dulce, una hermana conmovida que advirtió al comienzo del homenaje: “Ésta es la primera y última vez que la familia habla en un acto público”.

Pidió “flores, canciones y versos” para recordar en el futuro al hermano malogrado que, por su carácter, estaba llamado a ser alguien feliz. Los concejales de Sí se puede piensan solicitar en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife que esta plaza de García Escámez lleve el nombre de Bartolomé García Lorenzo. Qué menos, si hay un poco de memoria y de justicia.