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Libia: la otra guerra > Julio Trujillo

   

Ha caído el telón del primer acto. Cautivo y desarmado el ejército del coronel Gadafi, con algunos francotiradores asesinando aún desde las azoteas y en las cunetas, la revolución verde es un cadáver que los financieros del entierro, Sarkozy y Cameron, han acudido ya a identificar. Se ha puesto ya la herencia sobre la mesa, los padrinos a un lado, con el turco Erdogan acudiendo presuroso a reclamar un puesto, y al otro unos herederos que nadie conocía en su extensión y que nadie sabe si están bien avenidos. ¿Es todo petróleo y gas natural? No, aunque esto es lo mas importante. Hay también influencia, un país enclavado entre el Chad, tranquilo ahora pero tentadoramente cerca de la inestable Somalia; Egipto, una incógnita demasiado preciosa para que Europa pierda un milímetro de parcela, y, al oeste, un Túnez sorprendentemente restablecido y una Argelia siempre al borde una guerra civil. Hacia el norte, Italia, Francia y España a pocos minutos de un avión de combate. Esa es la pieza que han jugado franceses y británicos, con España de espectador impotente y Obama dejando el terreno al equipo contrario y mirando la jugada.
Pero ¿y los herederos? Aquellos que han puesto rabia, sangre y su propia dosis de torturas, violaciones y asesinatos y cuyos jefes crecieron antes a los pechos de Gadafi, son una incógnita. ¿Llegará a ser un país islamista y más peligroso, y más cruel, que el del histriónico dictador escondido? Nadie lo sabe. El profesor Carlos Echevarría, gran experto sobre Libia, afirma que “los territorios que conforman este país tienen escaso peso en términos tanto históricos como religiosos para elaborar una aproximación movilizadora sólida, islámica e islamista. Con una Cirenaica considerada tradicionalmente como el punto de arranque de Oriente Próximo, una Tripolitania conectada al Magreb y un Fezzan meridional visto como territorio marginal, no hay ni lugares santos ni referencias históricas que permitan una manipulación permanente o que puedan alimentar un victimismo de largo alcance que sirva de vector movilizador”. Esa es la tesis que comparten británicos y franceses. Pero, a veces, el fanatismo no necesita demasiada sociología ni historia para arrasar almas y cuerpos.