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Llegó la hora de la verdad > Leopoldo Fernández

   

Con todas las reservas que se quiera, el anuncio del “final definitivo” de la violencia terrorista es una noticia histórica muy positiva. Es cierto que el lenguaje y la liturgia de ETA siguen siendo los de siempre. La aparente pomposidad y teatralidad en el uso de la semántica, la jerga revolucionaria que trasladan sus palabras, ese estilo perdonavidas fijado desde una instancia que se pretende superior no pueden en ningún caso ocultar lo evidente: que esa organización criminal no dispone ya de capacidad operativa para seguir matando y que se siente derrotada. Su comunicado del viernes no es más que la ratificación de una certidumbre constatada por las fuerzas y cuerpos de seguridad y por los servicios de inteligencia. De modo y manera que estamos llegando al final o, por mejor decir, al penúltimo paso de una etapa tristísima de dolor y sufrimiento para miles de españoles.

Cuando los etarras y sus cómplices hablan de paz en un comunicado inasumible y oprobioso no conviene llamarse a engaño acerca de sus pretensiones. Para empezar, tras ETA y el movimiento abertzale más radical late un componente totalitario, una ideología extremista y revolucionaria que, tras la caída del muro berlinés, en Europa ya no se estila, y un programa político que deben merecer rechazo inequívoco porque a la larga un nacionalismo étnico y excluyente puede llevar a la sociedad vasca, y de paso a la nación en su conjunto, a nuevas situaciones de enfrentamiento y confrontación. En efecto, no deja de constituir un peligro para la convivencia en libertad la pretensión de deslegitimar permanentemente a las instituciones democráticas españolas e imponer a toda costa, como utópico derecho irrenunciable (el famoso derecho a decidir), el objetivo de independencia del País Vasco -con la incorporación de Navarra y tres provincias francesas- en un pueblo en el que su apertura al mundo, su pluralidad y su diversidad cultural son factores conformadores de la propia identidad.

Como bien apunta el filósofo Fernando Savater, bastaría con haber aceptado en su día el ideario etarra para acabar con la violencia terrorista. Pero si la sociedad vasca ha resistido tanto tiempo, sobre todo los últimos años en que abandonó un cierto pasotismo, ha sido no sólo para que cese de una vez la violencia, sino también para que el programa político y la ideología de ETA sean rechazados mayoritariamente. La paz no puede ser fruto de un acuerdo negociado “entre iguales”, sin vencedores ni vencidos, ni nada por el estilo; la paz es, debe ser, el resultado del triunfo del bien sobre el mal, de las víctimas sobre los verdugos, de las instituciones democráticas sobre el desvarío terrorista, del Estado de Derecho -con jueces y policías en primera fila- sobre la barbarie y el fanatismo. Una paz verdadera y perdurable tiene que suponer también la disolución de ETA, la entrega de las armas, la reparación de los males causados -para que los terroristas no caigan en la impunidad y paguen por sus responsabilidades-, la colaboración con la Justicia, el arrepentimiento y el máximo respeto a la memoria y prebendas de las víctimas, a las que ha de pedirse perdón. Una paz digna de tal nombre ha de llevar consigo, también inexcusablemente, el escrupuloso respeto de las instituciones del País Vasco y de España, así como de la legalidad vigente.

Claro que la izquierda abertzale radical puede defender su peligrosísimo proyecto político, que incluye la independencia de Euskadi. Pero, en las instituciones, sin armas ni violencia, en condiciones de igualdad y ateniéndose a las leyes de mayorías y minorías. Lo mismo que, en otro plano, hicieron algunos con el Plan Ibarretxe, que acabó ante el máximo órgano de la soberanía popular y fue rechazado por la inmensa mayoría del Parlamento español. Esas son las reglas de juego democrático y a ellas debe atenerse ETA y quienes comparten sus ideas. Lo demás son deseos de confundir y afanes de ganar en el terreno político lo que el propio sistema no puede otorgar desde principios de legalidad.

Mientras ETA no se disuelva, deben continuar los juicios pendientes ante la Audiencia Nacional o ante cualquier otra instancia. Y proseguir los trabajos de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en busca de los pistoleros, sus comandos operativos y su abastecimiento armamentístico. No se puede hacer dejación del Estado de Derecho ni bajar los brazos ante una organización terrorista que ha protagonizado diez treguas-trampa y ha engañado al Estado siempre que ha podido, incluso en plena negociación con el Gobierno, como ocurrió con la terminal T-4. ETA ha dejado escapar tantas oportunidades para abandonar su trayectoria criminal que sólo faltaba que esta vez nos engañara de nuevo, pese a su situación terminal y al evidente rechazo que cosecha la violencia, empezando entre la mayoría de sus propios presos.

Hemos aguantado hasta aquí y hemos ganado con las solas armas de la ley, así que no existen razones objetivas para cambiar esta firmeza por blandenguerías y concesiones que a estas alturas aún no proceden. Si ETA se tiene a sí misma como parte de un conflicto político, es preciso dejarle bien claro que todos sus objetivos estratégicos han fracasado y que en realidad su conflicto es propio de delincuentes ya que está basado en atentados y crímenes espantosos con 829 muertos, miles de mutilados y heridos, extorsiones sin fin, amenazas permanentes, miedos contagiados por doquier y toda la parafernalia -incluido el exilio para más de 200.000 ciudadanos vascos, de ellos unas decenas establecidos en Canarias- que suele acompañar la violencia. Ningún proyecto terrorista ha ganado nunca a un Estado democrático, y ahora tampoco va a ocurrir. La pretensión etarra de buscar una retirada honrosa con estrategias y filigranas reivindicadoras no son sino malabares discursivos para su propia gente; el escenario ya ha cambiado y no hay posibilidad de marcha atrás, ni de concesiones políticas que rechazan todos los partidos democráticos.

Otra cosa es que poco a poco, con extrema prudencia, serenidad y mucho talento, se vayan abriendo escenarios de reconciliación, reinserción y reintegración a la sociedad de los etarras arrepentidos. Pero será cuando ETA ya no exista como tal y cuando los condenados cumplan sus penas y puedan recibir el tratamiento más generoso de la ley. Tendremos, y más que nadie las víctimas en su dignidad, que tragarnos unos cuantos sapos a lo largo de los próximos meses y aun años, incluida la implantación, como seña de identidad, de un fuerte polo independentista en el País Vasco. Pero valdrá la pena si finalmente se consuma la paz anhelada por todos como mejor tesoro para una convivencia civilizada.