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Los orígenes de Arona, en ruinas

   

La Casona de Altavista, en la parte que se encuentra derruida, un magnífico ejemplo de arquitectura civil. / DA

VICENTE PÉREZ | Arona

La casona de Altavista, desde donde se vislumbra una impresionante panorámica de Arona, es un magnífico ejemplo de la arquitectura tradicional canaria, y el lugar donde se forjó la segregación de este municipio, que pertenecía a Vilaflor de Chasna.

En sus hoy arruinadas estancias (sólo una parte de la vivienda está restaurada) tuvieron lugar las primeras reuniones, secretas y un tanto conspiratorias, entre el teniente capitán Agustín González Bethencourt, su yerno José Antonio Hernández Montesinos y otros integrantes de la entonces burguesía rural aronera, para iniciar el proceso segregacionista que culminó en 1796 con el reconocimiento de la hasta entonces ermita aronera como iglesia parroquial de San Antonio Abad, separada de la parroquia de san Pedro Apóstol de Vilaflor; en 1798 con la separación política de Arona respecto de Vilaflor, y en 1799 con la elección del primer alcalde, Bartolomé Agustín de Sarabia, según ha detallado en sus libros el historiador Nelson Díaz Frías.

La casa es propiedad de la familia aronera Frías, descendientes del citado teniente, y sus actuales dueños son, concretamente, Francisco Delgado Frías, así como los herederos de Alfredo Domínguez Frías y de Teresa Delgado Frías, si bien la parte mejor conservada fue vendida a unos extranjeros.

Tanta historia entre sus muros contrasta con el estado ruinoso de una parte significativa de la vivienda, a pesar del interés de sus dueños por irla restaurando de forma paulatina para destinarla al turismo rural.

María del Pilar Domínguez Frías, propietaria de parte del inmueble heredada de su padre Alfredo, se lamenta aún hoy de las trabas burocráticas que le impidieron que en 2005 pudiera rehabilitar esta vivienda donde ella misma llegaría a vivir con su familia a finales de los años cincuenta del siglo XX.

El Cabildo le denegó la calificación territorial, y el Ayuntamiento informó también en contra de la licencia, ya que, de forma incomprensible para ellos, se consideró como obra nueva en suelo rústico agrícola, cuando su única intención era reconstruir una planta derrumbada, siguiendo fielmente el original.

Entre sus muros late la historia del municipio. A finales del siglo XVIII surgió entre los vecinos de Arona los deseos de emancipación y de autonomía política y religiosa respecto de Vilaflor. Todo este convulso proceso tuvo dos claros artífices y protagonistas, el teniente capitán de milicias Agustín González y su yerno el teniente capitán José Antonio Hernández. Todo ello lo narra Nelson Díaz, descendiente de estos personajes, en La historia de Vilaflor de Chasna. Es además el único historiador que se ha ocupado hasta ahora de esta valiosa casona.

No es casualidad, por tanto, que el límite entre la nueva jurisdicción de Arona con su matriz de Vilaflor se fijase a escaso metros por encima de la casona de Altavista, en donde habitaban los promotores de su nacimiento como municipio propio.

Los orígenes de la casona se remontan al siglo XVI, cuando estas tierras pertenecían a la poderosa familia Ponte, de Adeje. A mediados del XVII pasó a ser propiedad del presbítero adejero Diego García de Acevedo, y, tras su fallecimiento, a su hermana, Dorotea García de Acevedo y su esposo, el mencionado teniente capitán Agustín González. En ese momento la casa tenía 60 fanegas de tierra propia, 200 cabras, 50 ovejas, dos yeguas, un caballo, un jumento, 6 colmenas y tres lechones.

Hoy esta emblemática muestra de arquitectura canaria en estado de abandono se yergue altiva, sabedora de la historia viva de Arona y de que en sus paredes vivieron y murieron dos hombres, suegro y yerno, que soñaron y lucharon porque Arona fuese un pueblo con autonomía propia. Según ha concluido Nelson Díaz, de no haber sido por ellos hoy no existiría el municipio de Arona sino un municipio llamado Vilaflor de Chasna cuya extensión llegaría del mar a la cumbre.

A esto se une el que los primeros asentamientos humanos tras la conquista de la isla en Arona, se han relacionado con el paraje de Altavista. Sin duda, como ha subrayado el historiador, este magnífico ejemplo de arquitectura civil y sus históricos moradores, los citados Agustín y José Antonio, merecen ser rescatados del olvido y que ocupen en la historia de Arona el lugar que merecen. El primer paso sería restaurar el que fuera su hogar.

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El cuarto de los esclavos

La casona aún conserva el cuarto donde se encerraba a los esclavos para evitar que huyesen durante la noche. La foto muestra la ventana con barrotes correspondiente a esa habitación, valioso testimonio arquitectónico de lo que supuso la esclavitud en Tenerife. Las paredes de este inmueble son testigos de amoríos que escandalizaron a los chasneros de la época y que tuvieron final feliz (como el de una hija del teniente capitán Agustín González de Bethencourt con el hijo del que sería primer alcalde de Arona) y otras relaciones, entre adulterios y conductas ilícitas para la moralidad de entonces, como el episodio protagonizado por una esclava con un vecino de Adeje que fue corrido a palos por el propietario de Altavista. El inmueble tuvo una majestuosa balconada de madera hasta que su entonces propietaria, Lina Frías Tejera, vendió durante la Guerra Civil para subvenir a las penurias de la época. De todo ello se ocupará Nelson Díaz Frías en un libro que publicará próximamente.

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