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Luto y represión > Juan Carlos Sánchez Reyes

   

Aunque algunos gobiernos prefieren seguir mirando a otro lado antes que solidarizarse con quienes se juegan la vida a diario para defender la libertad de su pueblo, la muerte de Laura Pollán, fundadora de las Damas de Blanco, ha conmovido a la opinión pública internacional por su destacado activismo pacífico contra el gobierno totalitario de La Habana.

Uno de los pocos en reaccionar públicamente frente al deceso de la disidente cubana ha sido el presidente Barack Obama. “Pollán y la serena dignidad de las Damas de Blanco han levantado valientemente la voz para defender el deseo básico del pueblo cubano y de todos los pueblos a vivir en libertad”, manifestó en un mensaje difundido por la Casa Blanca.

Sin embargo, la presión de la comunidad internacional sobre el gobierno de los Castro resulta insuficiente. Sólo en septiembre se registraron 563 detenciones en toda la isla, entre opositores que critican al gobierno y la sociedad civil en su conjunto. “La cifra más alta en los últimos 30 años”, asegura Elizardo Sánchez, portavoz de la ilegal Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN).

Encarcelamientos, asesinatos y todo tipo de actos represivos que no han conseguido poner de rodillas a un grupo de opositores políticos junto a periodistas independientes, cuyo coraje suscita la admiración de todos pero no el justo reconocimiento internacional.

Hoy toda España tiene la mente puesta en el anuncio de ETA sobre el cese definitivo de su actividad armada. Si es verdad que las fuerzas democráticas de este país desean también para Cuba el mismo escenario de diálogo y convivencia democrática, lo menos que podrían hacer es demostrar respeto hacia estos héroes indefensos que apenas acceden a los foros internacionales, a la vez que reconocer por principio lo poco y lo mal que lo han hecho para cumplir un elemental deber de solidaridad con su causa.

Por ello, España en particular y la UE en general, deberían convenir que no han estado a la altura del ejemplo de valentía que sigue dando la disidencia cubana, que con su lucha pacífica, insuficientemente reconocida y exenta de rencores, terminará por demostrar que quien decide en el campo democrático no es precisamente quien empuña la pistola.

El malestar creciente en las calles cubanas contribuye a extender la sensación del final de un ciclo y el afianzamiento de un cambio que ya hace mucho que comenzó. Esta nueva etapa de tiene nombres propios: Laura Pollán, Orlando Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas, por mencionar a algunos de los que dan la cara, e incluso la vida, a pesar de la vigilancia extrema al que son sometidos por la tiranía castrista.

Resulta especialmente llamativo que el gobierno de Zapatero confundiendo los términos de filantropía por oportunismo político haya asumido el destierro forzoso por parte del régimen castrista de un grupo de presos políticos cubanos a diferentes ciudades españolas, lo cual supuso una válvula de escape para el gobierno de La Habana. Aquella operación fue promovida por el entonces ministro Moratinos como un extraordinario gesto de apertura de la férrea dictadura cubana.

De esta forma, el ejecutivo socialista, lejos de defender la libertad del pueblo cubano, conseguía limpiar la imagen a un régimen de terror en los foros internacionales.

Con las elecciones a la vuelta de la esquina, España se enfrenta a un nuevo desafío en política exterior en relación con una futura transición democrática en Cuba, en medio de una serie de estrategias divergentes respecto al trato con el régimen de los Castro y el reconocimiento a la oposición política interna.

¿Puede España, con su experiencia, contribuir a lograr una mayor apertura política para el pueblo cubano? Desde luego que si pero sólo si asume el verdadero liderazgo que le corresponde, no sólo con vocación humanitaria sino también con decencia democrática. Lo contrario sería una terrible decepción.