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Magia potagia > Alfonso González Jerez

   

Mientras escribía la columna publicada ayer los dirigentes políticos y los eurócratas suscribían por fin un acuerdo que transformaba mis misérrimos renglones, ay mísero, ay infelice, en instantáneo anacronismo. Lo más llamativo, desde luego, es el tamaño. Quizás lo más importante. Un billón de euros para el flamante plan de estabilidad financiera de la UE, acompañado de una quita del 50% de la deuda pública griega, que antes era una fantasía monstruosa y ahora, aligerada, resulta simplemente impagable. Sin embargo, persiste una pregunta embarazosa, y es dónde está la pasta. Para responderla los mandamases han creado un artilugio financiero para cuya comprensión son imprescindibles conocimientos insondables de economía, finanzas, teología y kung fu. Se venderán bonos para llenar tan formidable buchaca y, si no llega lo suficientes, los estados miembros se comprometen a poner la pasta restante. Para estupefacción de los legos (como yo mismo) el Banco Central Europeo no tiene inicialmente ni arte ni parte en este asunto. Mientras tanto, y con el objeto de que el megafondo no se utilice nunca jamás, y quede como una portentosa metáfora para tranquilizar a los mercados, los estados miembros deben seguir la misma miserable receta que les condena a un crecimiento económico estrangulado: recortes, recortes y luego, por si no son bastantes, más recortes. Como si el problema central de la Unión Europea -y en particular de los países más afectados por la crisis- fuera el riesgo de inflación y la imposición de una austeridad presupuestaria perpetua y sistemática, y no, precisamente, un crecimiento económico ridículo que condena a las empresas, frena el consumo y es incapaz de crear empleo. Bajo una llovizna semitropical corren por la calle los quejumbrosos fantasmas de las empresas culturales canarias. Sus portavoces sostienen que con 15 millones de euros más podrían “mantenerse las políticas” de la Viceconsejería de Cultura y Deportes en el año 2012. A mí no me salen esas cuentas. Pero ese no es el fondo de la cuestión. Solo faltaría que el señor Alberto Delgado anunciara que se le perdonan seis o siete millones de euros y que, arrimando el hombro del pragmatismo, se puede hacer más con menos y etcétera etcétera: otro caso de chafarmeja magia potagia. Acoger este recado limosnero con resignación e insistir en este modelo de dependencia estructural a los presupuestos públicos del Gobierno regional sería la peor opción de las empresas canarias. Sería elegir, en definitiva, un suicidio inducido a cambio de no ser aniquilados.