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Mal > Juan Julio Fernández

   

Tarde y mal o temprano y mal. O sumando y anulando contrarios, mal. Ésta sería la calificación de la convocatoria de elecciones con cuatro meses de antelación que, por lo constatado hasta ahora, cuando todavía faltan seis semanas para que llegue el 20-N, van a ser cuatro meses sin gobierno, con acciones y reacciones, apoyos y agresiones para todos los gustos y con los políticos, lejos de empeñados en afrontar los serios problemas a los que nos está sometiendo una crisis económica sin precedentes, enzarzados en confrontaciones personales con tópicos manidos y descalificaciones mutuas en las que el ¡tú más! se antepone a la sensatez y el sentido común que reclama la ciudadanía.

La convocatoria, temprano y mal. Demasiado pronto para dejar de ocuparse del incremento del paro, la corrupción y los recortes que son inevitables cuando, alegre e irresponsablemente, se gasta más de lo que se ingresa. Y demasiado tarde para meter el bisturí en las cajas de ahorro y atender a la sanidad y a la educación, que debieron ser cuestiones prioritarias para afrontarlas en condiciones más favorables y no cuando el desánimo, el desaliento y la frustración se han apoderado de la ciudadanía.

Zapatero se empeñó en sus dos legislaturas en un proyecto de transformación radical de la sociedad siguiendo patrones de un modelo socialista que en Europa sus correligionarios habían dejado atrás, con la ambigüedad de un doble lenguaje para no soliviantar a un núcleo mayoritario de sus votantes, partidarios de la moderación antes que del radicalismo. Y con el agravante de que superada la etapa del antifranquismo militante para justificar un posicionamiento que ellos mismos calificaron de progresista, buscaron en el Partido Popular el chivo expiatorio para identificarlo con el sector más reaccionario de la sociedad y culparle de cuanto hacían mal.

Cierto que en España no existe una extrema derecha exenta como existe en otras democracias europeas y como existió en los primeros años de la Transición y que, de tanto en cuanto, se atribuye a Fraga el mérito -o demérito- de haberla integrado en su Alianza Popular. Pero el PP de hoy tiene pocas semejanzas con la AP inicial y hay que reconocerle una renovación de dirigentes superior a la que ahora mismo puede exhibir el PSOE. Y si Rajoy no es Rubalcaba, tampoco es Aznar, al que sus detractores quieren identificar con alguien que se va al extranjero para hablar mal de España, cosa que también se dijo de Felipe cuando dejó La Moncloa y empezó a alternar con la plutocracia de mas allá de las fronteras.

Y cierto también que en España hay hoy más extrema izquierda que extrema derecha, aunque aquélla se cuide -y mucho- de enmascararse y a la que, ante la percepción de que pueden perder el centro moderado a favor de los populares, los socialistas quieren halagar, conscientes también, como en puridad son, de que con los nacionalistas solo podrán contar si ganan o tienen votos suficientes para pactar con ellos y formar gobierno, cosa que, a lo que se olfatea y sobre todo con las respuestas habidas en las elecciones municipales y autonómicas, dónde estos pactos gobernaron –dígase Cataluña o el mismo Aragón-, está por ver, pues nada tendría de extraño que el pueblo que, aunque no lo parezca, ha madurado con el ejercicio ininterrumpido de la democracia, decida que la necesidad de cambio que la mayoría sociológica reclama sólo podrá plasmarse con una mayoría absoluta que, por eso de la alternancia y de que no puede cambiar quien no cambió -aplíquese a Rubalcaba, aplicado a su vez a malabarismos para borrar un pasado ineludiblemente ligado a un malparado Zapatero-, corresponde ahora a una derecha a la que, quizás por primera vez en nuestra corta pero ya larga andadura democrática, se percibe, como he oído decir a muchos de los trabajadores hasta hace muy poco tenidos por proletarios, como la que puede crear riqueza, puestos de trabajo y empleo.

El 20-N los españoles tendremos que atender a demandas, inaplazables, para salir de una crisis no solo económica, sino también ética, social e institucional. Puede que sea el inicio de una segunda Transición, para “pasar de una democracia antifranquista que ve el mundo por el espejo del retrovisor a una democracia a secas que mira de frente al futuro”, en palabras de Emilio Lamo de Espinosa, catedrático de Sociología de la UCM, que suscribo. Y esto exige que los partidos asuman responsabilidades de Estado y los ciudadanos votemos sin dejarnos llevar por espejismos, argucias y falsas promesas.