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Manuales de ciudadanía > Jorge Bethencourt

   

La imagen de los empresarios en España es penosa. No iban a ser una excepción en un país que todo lo reduce a cenizas a través de una dialéctica genéticamente predispuesta a la descalificación. Los manuales para la ciudadanía, destinados a nuestros jóvenes, ofrecen una descripción de empresarios y trabajadores -obreros- que parecen escritos en sánscrito bolchevique, residuos semánticos fósiles datados en la época en la que el fantasma del comunismo recorría Europa, antes de convertirse en un ilustre fiambre. “Se necesita que los obreros adquieran conciencia de clase y se organicen revolucionariamente, es decir, que sólo recuperarán su dignidad como hombres y trabajadores cuando acaben con el capitalismo como estructura social opresora”. Así reza una definición del manual de editorial Almadraba, algo machista ya que ignora a las mujeres como fuerza obrera. No es ni la única ni la peor estupidez que puede leerse en el mercado de los manuales para niños de 13 años.

Para un país donde nueve de cada diez empresas (de las tres millones que nos quedan) tienen menos de diez trabajadores, un texto tan radical tiene cierta rechufla. Tal vez podría aplicarse, si uno se metiera en el túnel del tiempo marxista, a una de las 4.000 grandes empresas españolas donde hay más de 250 trabajadores -llamados obreros- ferozmente explotados por oleaginosos, orondos y caciquiles empresarios. Pero si esto es lo que le estamos enseñando a nuestros jóvenes y jóvenas, apaga y vámomos. Así es normal que el piberío entienda que el único millonario legítimo en este país es Fernando Alonso, Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal. O que la mejor forma de hacerse próspero no es convertirse en emprendedor (que es como se eufemiza hoy lo de ser un repugnante empresario) sino comprar la bonoloto o el euromillón.

Crear un nuevo modelo de economía, alternativo al libre mercado, en el imaginario de los textos docentes de una economía de mercado, es el camino más seguro para generar una confrontación entre el sistema y sus ciudadanos. Sobre todo cuando la alternativa que se propone es un coprolito que ya demostró su ineficiencia, su injusticia social y su fracaso como modelo de sociedad. Igual daría que en los manuales de ciudadanía se defendiera con igual entusiasmo el regreso al feudalismo. Seremos europeos, que no lo dudo, pero seguramente lo somos de la parte de Europa donde la espalda pierde su honesto nombre.

@JLBethencourt