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Miedo, conformismo y desgana > Tomás Gandía

   

Siempre ha sido propio de la condición humana el temor, pero también constituye el tedio una característica peculiar de nuestra época. El temor es antiquísimo enemigo del hombre y de la mujer, y el tedio es su odioso cómplice. El temor mata la esperanza, pero el tedio y la ansiedad desvanecen la confianza, anulan la fuerza de concentración y paralizan las iniciativas. El temor es el fatal contrincante de toda proeza, el empozoñador de la felicidad. Los mayores detractores se atrincheran en la mente, en la imaginación, en el falso concepto de la vida. No hay esclavitud comparable a la del prejuicio o superstición, que nos acobarda.

Muchas personas se creen perpetuamente amenazadas por la desgracia, que las acosa aun en los más dichosos momentos de su existencia, y de tal modo las conturba que jamás pueden disfrutar con verdadera placer de bien alguno. Continuamente se les aparece el espectro en cualquier ocasión.

Desde los albores de la historia ha torturado a la humanidad el temor. Incontables seríamos los individuos que, muchísimo antes de haber atravesado el promedio estadístico de vida, nos hemos estado preparando constantemente para la muerte, ordenando los asuntos, redactando el testamento, realizando declaraciones notariales, decidiendo en suma cómo se habrán de administrar las cosas después del fallecimiento.

Quien considera que es víctima de la fatalidad, que todos sus planes han de fracasar, que se han de desvanecer las esperanzas sin que le quepa la seguridad de validar sus esfuerzos por intensos que sean, no podrá probablemente adquirir aquella firmeza de carácter que, como persistente y fundamental principio, constituye la médula de toda existencia extraordinaria.

Continuamente estamos percibiendo y escuchando situaciones y referencias sobre el abatimiento del espíritu, ambiciones truncadas, ilusiones perdidas, y agotamiento prematuro. Decía don Quijote: “Esfuérzate, que en los ánimos encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha, y el decaimiento solo acarrea desgracias”. Difícilmente se va aprendiendo a fomentar esa elevada e inteligente jovialidad que permitiría llevar a cabo una educación para “la placidez de ánimo”. Costosamente llega a comprenderse que la aflicción, la ansiedad y el temor forman un conjunto de los peores componentes de la sufrida supervivencia humana. A veces, no alcanza a conocer la felicidad el que es víctima de sus genialidades, y no acierta a regir sus orientaciones mentales sino que se deja empujar de un lado para otro por el humor del instante.

Imposibles son la paz de la mente, la dicha de la vida, y el éxito en la obra, cuando se subordina su logro a condiciones externas, cuya singular mutabilidad la sustrae a nuestro propio gobierno. Al no poder derrotar de su trono al temor, habremos de valernos de otro sentimiento más fuerte que él: la confianza y la fe.