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Ofrenda > Alfonso González Jerez

   

En todo el amplio y grotesco calendario de actos en los que se restriegan políticos y figuras religiosas -en un Estado cuya aconfesionalidad les importa un bledo- fulge con esperpéntica intensidad la ofrenda anual del presidente del Cabildo de La Palma al llamado San Miguel Arcángel. Para los católicos se trata del patrón de la Isla, y al parecer, así lo considera igualmente el Cabildo, los ayuntamientos y hasta el Gobierno autonómico, anteponiéndolo a Antonio Castro o incluso a Tomás Barreto. Espero, con escasa convicción, que un día mascaradas como las ofrendas a los santos -es decir, las conversaciones grimosas con tallas de madera policromadas- por parte de autoridades democráticas -que se comprometen a cumplir la Constitución y la burlan con semejantes patochadas- sean motivo de jolgorio para nuestros nietos y tataranietos. Sin embargo, la tendencia en los últimos años es, más bien, la contraria: demasiados políticos no solo son incapaces de romper una tradición contraria a la condición laica del Estado que representan, sino que se apoyan desvergonzadamente en estos ritos pretéritos para buscar una salvaguarda simbólica a sus cuitas, a su creciente impopularidad, a su propia imagen. El político reconoce la fantasiosa superioridad de una superstición amplia aunque difusamente compartida por la mayoría que le votó y se postra ante ella. Por supuesto, la Iglesia Católica está encantada. Ya el poder terrenal no le besa el anillo a los obispos. Pero sigue practicando la genuflexión quejicosa frente a sus santos. Es un resto casi carbonizado de la vieja alianza entre el Trono y el Altar. El lenguaje petitorio, eso sí, debe actualizarse convenientemente, y ya no puede pedir el perdón de los pecados, expuestos como explicación de nuestros dolorosos males. El lenguaje se desteologiza, es más, en una finta realmente paradójica, intenta deshacerse de cualquier aditamento religioso. La presidenta del Cabildo de La Palma, Guadalupe González Taño, no le pidió por tanto al sacro patrón que lloviera, fructificaran las cosechas o se alejaran las tempestades. Le pidió, más inmodestamente, que se salvaran los trastos que se pudieran salvar del Estado de bienestar. Por lo visto o escuchado, San Miguel Arcángel, como otros santos varones del estilo de Claude Off o García Santesmases, no sabe qué decir al respecto y se limitó, en esta solemne ocasión, a guardar un respetuoso silencio.