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Tal vez este recuerdo necrológico de un escritor tinerfeño (que siempre reivindicó orgullosamente su condición marginal) llegue un tanto tardíamente, por más que (bien o mal- mirado) todos los recuerdos necrológicos -por pronto que se escriban- llegan demasiado tarde; de la misma manera que la muerte (perdón por la inevitable cursilería) suele llegar demasiado pronto, por tarde que llegue: en el caso del fallecimiento del poeta Orlando Cova sería falaz pretender ignorar que contribuyó contumazmente -a través de su breve vida- a tal llegada, con un indiscutible éxito, que la habitual mezquindad de buena parte de la comunidad literaria insular ha sancionado -como era de esperar- con el ruin silencio despectivo de ignorarla: posiblemente sea cierto que este triste Archipiélago no da para mucho más.

Cuando uno era fatuamente joven (tal vez se incurra aquí en una redundancia) una amiga fervorosa (de mi entonces incipiente literatura y -sobre todo- de la amistad común) me comentaba que en mis escasos textos literarios -entonces publicados: hoy pueden ser excesivos- prevalecía la soledad de sus protagonistas, lo cual me hizo reconsiderarlos entonces -desde mi inadvertencia a tal respecto- para corroborar que toda la Historia de la Literatura no es -en última instancia- otra cosa que una crónica de la soledad humana: desde Los Evangelios hasta El Quijote, desde Madame Bovary hasta Esperando a Godot, desde Hijos de la ira hasta cualquier enrabiscado editorial periodístico publicado Día a Día: tal vez porque los seres humanos (literatos incluidos: por inverosímil que pueda parecer también somos humanos) estamos irremisiblemente condenados a la soledad, y cuando escribimos no podemos hacer dejación de dar visceral noticia de ella, ya que nacemos y morimos angustiosamente solos: las comadronas y los sepultureros son circunstancias irrelevantemente accidentales.

La última vez que el poeta Orlando Cova me telefoneó -hace escasamente unos meses- su voz estaba profundamente impregnada de Santa Teresa (no la de Ávila, sino la de Venezuela), y lo hizo para reprocharme que no lo hubiera llamado, como -en efecto- le había prometido unas semanas antes, y para plantearme -casi tautológicamente- que el mundo era una mierda insoportable, lo cual me resultó muy difícil contradecirle: solía repetir (con cierta mimosería quejumbrosa) que le dolía la vida, lo cual resulta (en última -o primera- instancia) comprensible, porque no puede uno por menos de pensar, ante su desaparición, que enfrentarse a la vida desde la angustiosa soledad marginal de la literatura no puede por menos de resultar doloroso.