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Otra controversia > Salvador García Llanos

   

Ha reaparecido la ampliación del horario de apertura del aeropuerto Tenerife Norte-Los Rodeos como catalizador de la captación de mercados turísticos para el Puerto de la Cruz y otros destinos norteños. La demanda no es nueva: en el pasado ya se materializó en forma de mociones y acuerdos institucionales que luego, por diversas razones -entre ellas la falta de constancia- se iban diluyendo.

Es legítima y comprensible la aspiración, máxime en tiempos de penurias o de fortísima competencia entre polos de distintas franjas, según se mire, por lo que merece esfuerzos y energías para satisfacerla a sabiendas de que hay vientos que no soplan favorablemente.
La cercanía, o lo que es igual, un tiempo más breve de desplazamiento interior terrestre es el factor principal que alimenta la demanda. No es que el tiempo actual invertido desde el aeropuerto Tenerife Sur-Reina Sofía suponga quebranto pero a cualquier turista le gusta llegar antes a su alojamiento o salir de él en horas menos intempestivas. A propósito: que se tenga en cuenta el problema de la incapacidad de la actual autopista del norte para absorber todo el tráfico rodado -ya prácticamente en los dos sentidos- que circula en determinados horarios.
La cuestión es que se amplíe el tiempo que actualmente está abierto Tenerife Norte. Es razonable y seguro que viable, bien es verdad que deberán resolverse previamente asuntos tales como el desplazamiento de la actual pista de rodadura con el fin de facilitar la seguridad de las operaciones y la disponibilidad de espacio de aparcamiento para las aeronaves.

También hay que consignar la voluntad o el interés de las compañías aéreas que respondería, en todo caso, a sus propias previsiones supeditadas, a su vez, a la demanda que pudiera provenir de turoperadores y de la industria turística local. De hecho, en un pasado relativamente reciente, había vuelos con determinada frecuencia semanal que unían este punto de la isla con ciudades de Alemania y Reino Unido. Otra cosa es la posterior cuenta de resultados, o sea, si la promoción fue lo suficientemente atractiva como para que haya cobrado cierta sostenibilidad o, por el contrario, fue una nube en noche de verano.

Sobre las compañías aéreas, pues, habría que insistir. Muy bien lo de los acuerdos institucionales pero es el sector privado el que, teniendo éstos como soporte, está llamado a persuadir con las ideas o las expectativas de un negocio positivo y rentable para las partes. También para AENA, en la parte que le pueda concernir. Si se quiere aumentar el número de visitantes y se quiere facilitar su desplazamiento, en todos los sentidos, habrá que exponer con claridad las ventajas, incluso si en algún debate se convirtiera en un argumento de defensa del interés general. Porque no falta, ya se dijo, vientos en contra. Ya se ha visto que hay vecinos que se oponen al desplazamiento de la pista apuntado. Y como los habrá si se amplía el horario de operabilidad de los aviones -téngase en cuenta aquí los incrementos de costes- por aquello de las molestias (ruidos, principalmente) que va a ocasionar. En fin, habrá que moverse y negociar para obtener un resultado equilibrado y plenamente satisfactorio. La controversia es una más de las que abundan en el territorio, donde cada vez es más difícil un avance con tal de beneficiar, en este caso, la industria turística. Por eso, debe haber generosidad y amplitud de miras para superar los obstáculos pero también seguimiento y perseverancia para convencer de que no se está pidiendo un imposible.