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Pirotecnia > Juan Julio Fernández

   

Dicen de la pirotecnia que es el arte de los fuegos de artificio, que no sirven para iluminar, sino, simplemente, para distraer o divertir. Algo superfluo que después de unos minutos que pueden ser brillantes vuelven a dejar el entorno en la misma oscuridad en que estaba y con alguna basura que hay que retirar, cuanto antes mejor. Y mucho de esto, por no decir todo, ha sido la pretenciosamente llamada Conferencia Internacional de Paz convocada por la izquierda abertzale en San Sebastián y a la que los socialistas del País Vasco dieron cierta cobertura con la característica ambigüedad de la que vienen dando sobradas pruebas sobre todo en estos últimos tiempos, pos-electorales, si los contamos respecto a las elecciones autonómicas y locales, pre-electorales, si los contabilizamos como previos a las generales de las que ya estamos a menos de treinta días. De nerviosismo, en cualquier caso.

Una convocatoria que ha traído a Donostia a cinco personajes, más por los papeles que han asumido en la contemporaneidad, que personalidades, por lo que puedan suponer de ejemplo para la posteridad. Y lo digo asumiendo un sentimiento -naturalmente, subjetivo y emocional y puede que equivocado- y con la presunción de que se han movido más por conveniencias económicas que por convencimientos éticos. Y que han demostrado, con sus resoluciones, que saben muy poco o nada de la realidad española, de lo que en casi cincuenta años ha supuesto el terrorismo con casi mil muertos y que se han inmiscuido en asuntos internos, no para informarse y enterarse de que el terrorismo no es una lucha armada ni una confrontación bélica, sino para decir lo que sus anfitriones querían que dijeran, nada distinto de lo que reiteradamente han venido diciendo desde que ETA empezó a poner bombas o a matar por la espalda y prestar su imagen para transmitir la idea de que el pretendido conflicto se internacionaliza, una vieja aspiración de los etarras y a la que, de manera ostensible, cedió Rodríguez Zapatero cuando montó su particular pirotecnia con la Memoria Histórica y la Alianza de Civilizaciones que le llevó a negociar con ETA y que terminó con el fuego real que voló la terminal de Barajas.

Escribí lo anterior esperando el comunicado de ETA y no lo cambio, pues al final no ha sido sino más fuego de artificio, sin decir que se disuelve ni entrega las armas, el único aceptable para los demócratas de un Estado de Derecho. La condescendencia de Zapatero abrió las puertas a Bildu, que no ha tardado, en vísperas electorales, en montar esta feria en beneficio propio y un balón de oxígeno para la banda asfixiada por el cerco policial, algo de lo que puede enorgullecerse Rubalcaba, aunque no de la participación de sus correligionarios en la fatuidad donostiarra.

Puede que haya sido una buena noticia como se han cuidado de decir el todavía presidente y los candidatos, Rubalcaba y Rajoy, a sustituirle. Y puede que, también, de dudosa o poca rentabilidad para el primero, como algunos vaticinan, cuando las últimas prospecciones sociológicas apuntan a que el terrorismo ha dejado de ser una prioridad para los ciudadanos, atenazados por la precariedad económica, el paro y un futuro que ven más que incierto y que, ahora, a punto de depositar sus papeletas en las urnas, se plantean la necesidad de un cambio, al frente del cual, si hacemos caso a las encuestas, una mayoría ostensible no ve a quien, habiendo tenido posibilidades de hacerlo por su presencia en el Gobierno, ni cambió ni influyó para tomar las medidas que ahora postula.

Los personajes o personajillos de la foto de San Sebastián, deberían saber que el terrorismo no es un conflicto y que lo de actividad armada es un eufemismo para encubrir asesinatos. Y que su recomendación de iniciar conversaciones para reconciliar y reconocer, compensar y asistir a todas las víctimas es una cínica manifestación con la que pretenden equiparar a los asesinados -las únicas víctimas- con los asesinos, sin que éstos pidan previa y públicamente perdón. Y, a más inri, para que se les considere demócratas, condición incompatible con violencia, extorsión y sangre, cuando la palabra es el único instrumento válido para defender una idea. Con estas premisas, es comprensible que víctimas y fuerzas de seguridad recelen del “compromiso claro, firme y definitivo” de quienes, encapuchados, no dan la cara e insisten en que es para “superar la confrontación armada”, reproduciendo, literalmente, el resto del comunicado de los que se autoproclaman mediadores en algo que no existe y que, de paso, se proponen para un “comité de seguimiento”, prueba clara de que sabían que el anuncio de ETA no iba a ser el de su final.