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Política de perra chica > Francisco Pomares

   

Después de treinta años de dedicación ininterrumpida a lo público, nadie podría acusar a José Segura de imprudencia. Ha asumido el hombre toda clase de funciones y responsabilidades políticas -locales, en representación del Gobierno de la nación, legislativas- sin que se le recuerden declaraciones agresivas, o descalificaciones de nada ni de nadie. Es en ese sentido un tipo con un discurso inusual por estos pagos. Por eso resultan más dignas de atención sus declaraciones de ayer, en estas mismas páginas, calificando la política que se hace en Canarias, esta política nuestra hecha de componendas, pactos y traiciones, a la que dedicamos tanta atención los políticos y los medios, como “política de perra chica”.

Preguntado por Yazmina Rozas por la posibilidad de que el pacto de Gobierno de los socialistas con Coalición se vea afectado por una abultada victoria del PP en las Generales del 20-N, Segura asegura que esa forma de hacer política no le interesa: “Podemos estar al borde una nueva recesión económica, y no vamos ahora a preocuparnos por si un señor del CCN se fue al PP y se desestabiliza el ayuntamiento X o Z. Quedarnos enredados solo en esta politiquilla de perra chica, que hay en Canarias, es un hastío, un empobrecimiento reiterado”. Comparto absolutamente con él la percepción de que la política que se hace en Canarias ha perdido el norte de los objetivos y afanes del servicio público para instalarse en un recurrente quítate tú pa’ ponerme yo, un chalaneo de puestos, sinecuras y trapisondas en las que se aplaude como el más listo o el más ‘político’ al más oportunista, pillastre o caradura. Es un fenómeno que no sólo empobrece la acción política, sino que envilece incluso al idioma. Hoy, definir a alguien como ‘político’ es insultarle. Asumir ese desprestigio como moneda de uso diario debe ser singularmente duro para quienes se dedican a la política después de haber tenido éxito y reconocimiento en el mundo académico, profesional o empresarial. Gente como el propio Segura -y como otros- que sienten “el rechazo intelectual que los ciudadanos experimentan respecto a la política”. Un rechazo cada día más evidente, que explica y da sentido a la extensión de protestas como la de los ‘indignados’, consecuencia directa de que el chanchullo, la bajeza y la defensa de intereses ajenos al interés público, se hayan enseñoreado de la acción de gobernar.