X
a babor >

Política y volcanes > Francisco Pomares

   

Algo tienen las catástrofes -reales o hipotéticas- que electrizan el inconsciente colectivo, nos devuelven a lo más primario y de paso activan la neurona política del liderazgo. Un incendio veraniego o una buena inundación son un escenario inmejorable para el lucimiento de próceres acorralados por la ruina presupuestaria y la falta de interés cívico por sus gestos y palabras. Después de pasarse los meses sin resolver ningún problema ciudadano, dedicados al cansino esfuerzo de insultarse los unos a los otros, llega el incendio estival y el político tiene la oportunidad de calzarse el traje de bombero y ponerse al frente de un destacamento apagafuegos. Construye así para los votantes una ilusión de actividad, un perfil de acción y capacidad de mando. Y acaba por creérselo él mismo: los telediarios están plagados de imágenes de alcaldes y presidentes dando instrucciones a cuadrillas de emergencia y servicios de salvamento. No es como mandar una flotilla de desembarco o seguir el asesinato de un terrorista desde los sótanos de la Casa Blanca, pero el retrato del político arremangado predicando tranquilidad y repartiendo in situ panecillos con tortilla, vende lo suyo. El público acepta complacido esa foto, es más: la exige. Y se considera un mal dirigente al que no acude a mojarse con sus vecinos cuando llueve más de la cuenta, o a quien reniega de respirar con los voluntarios el humo de los montes que arden.

La mayoría de las veces, que el político esté en el lugar del siniestro no sirve para nada, o incluso es contraproducente. Lo dicen con resignación quienes trabajan en seguridad y emergencias: mejor sería que se quedaran en el despacho, atento al teléfono. El deseo de moverse en primera línea expone al que manda y a quienes le acompañan a innecesarios riesgos y desvía recursos necesarios para atender otras urgencias. Canarias aún recuerda cada año, -al llegar los fuegos del verano- la inútil muerte en La Gomera del gobernador civil Paco Afonso, de su chófer y su secretario, y las terribles heridas del entonces presidente del Cabildo, Lito Plasencia. Fueron a la zona de Agando a medirse con un fuego que los devoró y se llevó también a otras 17 personas.

Ocurrió en 1984, pero hoy más que nunca la imagen manda: a pesar de la gran potencia de las comunicaciones y la eficacia de los controles vicarios, el político acude presuroso a donde están los focos, a por su foto en medio del revoltillo. Y la imagen de moda ahora es con volcán al fondo.