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Por el Sahara VII: el tren de hierro > Rafael Muñoz Abad

   

Ni siquiera las chifladas historias del señor cónsul en Nouadhibou acerca de lo peligroso que es Mauritania lograron amedrentar el deseo de recorrer el país. Su efecto más bien fue todo lo contrario. Incluso prometimos llamarlo una vez llegáramos a Zouerat; o desde el Toyota de los terroristas que, según él, nos estaban esperando detrás de una duna. Uno de los platos fuertes del viaje era coger el tren de mineral que une la costa con las minas del interior. Un animal de hierro de casi tres kilómetros de longitud que arrastra centenares de vagonetas a través del Sahara. El viaje ofrece dos opciones. Una de ellas es comprar un billete para los coches de pasaje; o bien, tan pronto como el tren se pare, trepar al interior de una de los vagones. Y lo cierto es que llegar hasta aquí para viajar “confortablemente” como que no. Una multitud ataviada con bultos, fardos, neveras, e incluso cabras, se abalanza sobre las vagonetas vacías. Razón por la que no hay mucho tiempo que perder puesto que el tren apenas para unos minutos. Más allá de pistas que solo algunos son capaces de dibujar sobre la arena, el tren es el único medio que la gente tiene para viajar de manera gratuita, cómoda y rápida al interior de Mauritania. Después de más de 17 horas, el recorrido finaliza en las minas de Zouerat; donde se baja gran cantidad de saharauis que continúan viaje por carretera hasta los campamentos de Tindouf. La otra alternativa, tras doce horas sometido a un centrifugado en una piscina de metal donde tragas tanto polvo de ferrita que te asegurará pitar en todos los detectores de metal por el resto de tu vida; más allá de no volver a necesitar comer lentejas, es bajarse en Choum para continuar por carretera hacia el cruce de caminos de Mauritania: Atar. De madrugada y en medio de una tormenta de arena que, al mezclarse con el polvo de hierro de rojo, teñía el aire; siendo lo más parecido a las puertas del infierno de Dante, me vi tentado a llamarlo [señor cónsul] para informarle de que el conductor del coche se parecía a Bin Laden; pero tal vez a esas horas el señor funcionario dormía y soñaba con un suntuoso destino en Manhattan. Nos acomodamos tres delante; cuatro atrás, y en el cajón trasero ocho más un mono conjuntamente con casi mil kilos de trastos; recorriendo otros ciento y muchos kilómetros en un loco rally por un laberinto de pistas indescifrables. Vaya fenómeno al volante resultó ser el primo de Osama que tan audazmente nos condujo hasta Atar; previa parada al amanecer para que cada uno rezara a su dios. De las muchas cosas buenas que tiene Mauritania, una de ellas es el pan, señor cónsul.
Espectacular. Y buena fe de ello les doy, tras desayunar baguettes con pan a la espera de negociar un viejo Mercedes con la ilusión de ganar la ciudad santa de Chinguetti. No es fácil llegar a tan ilustre localidad; más cuando la caída del turismo ha reducido el número de coches entre Atar y la llamada Puerta del Desierto. Sumando los más de cuatrocientos kilómetros de tren y zarandeos; incluyendo un suplemento en forma de cambio de vagoneta en plena marcha, y otros trescientos por carreteras tan espectaculares como perdidas, llegamos a Chinguetti después de casi un día de viaje. El final emocional de la aventura, que no era otro más que llegar a la séptima ciudad santa del Islam, se había logrado. Allí nos esperaban sus bibliotecas; la inmensidad del océano de arena, y un cielo espectacular.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com