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Por peteneras > Rafael Alonso Solís

   

Hace seis meses, casi un suspiro, uno tiró de recuerdos y relató en una columna dominical un momento fugaz, que tuvo lugar el quince de mayo de 1966, cuando Antonio Chenel -que en esa época ya era un torero en sazón, si bien aún no había conquistado las preferencias de Las Ventas- se dirigió a la boca de riego y citó de lejos. Enfrente, Atrevido, un toro veragueño, ensabanado, alunarado y calcetero, entre otras características dignas de ser incluidas en la reseña, galopó con alegría y se produjo la insólita conjunción entre las dos especies. Al terminar el drama, el torero se inclinó sobre el toro y le acarició emocionado. Hoy no puedo hacer otra cosa que plagiarme con descaro. Aquella tarde, para los que la vivimos, fue un viaje efímero al espacio del éxtasis, esa extraña región en la que el tiempo está ausente y el arte se convierte en materia visible, el universo se congela, la realidad se funde con los sueños, el corazón deja de latir por un instante y la vida se cruza con la muerte en abrazo frugal, tímido como los primeros besos y profundo como un quejío. Es lo que dicen que le pasaba a Curro Puya al torear por verónicas, justo en el momento del embroque, cuando vida y muerte se miran de frente, se hacen un quiebro y se reconocen como parte de lo mismo. Desde entonces, la figura de Antoñete me acompañó desde mi adolescencia a la madurez, y comencé a envejecer con él, con aquel rostro que ganaba en surcos de seriedad, al tiempo que su figura se redondeaba. Una vez, durante aquellos ratos en que se quedaba sin tabaco, me lo encontré solo y derrotado en un chiringuito de mala muerte, y me atreví a hablarle de toros. En otra ocasión, tras alguna de sus múltiples reapariciones y retiradas, le entrevisté en su casa, tras una cogida, y logré sacarle alguna sentencia jonda, que parecía emanada de una curiosa mezcla de prudencia y timidez. Tanto de cerca como de lejos, siempre tuve la sensación de que allí había un tipo legal, honrado y auténtico. Un tipo que había aprendido a hablar con los toros y a no largar demasiado entre las personas humanas. Ya sé que no corren buenos tiempos para la lírica, y que una cierta forma de inquisición moderna gusta de descalificar al arte de birlibirloque -como lo llamara Bergamín-, sin haber tenido la modestia de tratar de entenderlo. Discutir sobre toros sin haber sentido la duración inmensa de la fugacidad es como describir el baile de los colores careciendo del sentido de la vista. Déjese dicho que Chenel ha escrito, durante varias décadas, una tauromaquia tan clásica como el mismísimo verbo y tan profunda como un martinete de madrugada.