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Predicar y trigo > Wladimiro Rodríguez Brito

   

Hay días en los que nos cuesta redactar unas líneas sobre el campo que ayuden a sembrar el optimismo en el sector, que sirvan para animar a nuestros jóvenes y nuestros mayores a acercarse a este modo de vida, máxime en los tiempos que vivimos. Y es difícil en momentos como los actuales, en que nos encontramos con situaciones lamentables: no sólo la UE reduce las partidas económicas para la agricultura, sino que, además, nos inundan con productos con arancel cero o agrarios excedentarios e incluso de procedencia discutible (papas de Malta o papas a 5 euros los 25 kilos). Pero igualmente preocupante es que las autoridades locales no actúan con la necesaria energía para arañar lo poco que aún tiene comprometida la UE con nosotros. Y me refiero, concretamente, al plan de ayudas agroambientales europeo. Este plan tiene una partida de unos 50 millones de euros para el presente año y esta es la fecha en la que aún no se han convocado dichas ayudas. Tengamos presente que el 85% de ellas las pone la UE y el resto, el 15%, las administraciones de Madrid y Canarias, con un 7,5% cada una.
Sabemos que estamos en una situación económica difícil en la que hay que establecer prioridades y que los problemas que surgen día a día son muchos, sin embargo el campo, que en las épocas de la bonanza fue minusvalorado y se llevó la peor parte, se convierte ahora en un sector estratégico, capaz de generar puestos de trabajo y garantizar alimentos. Si nuestro sector agrario debe ser ahora prioritario, no parece razonable que tengamos en el congelador una partida de 50 millones de euros para nuestros agricultores porque haya dificultades para poner encima de la mesa los seis millones a aportar por las administraciones local y estatal, para garantizar, perdonen la reiteración, 50 millones para el sector primario canario. Permítanme hacer una breve descripción del objeto de este plan, de la utilidad de estas ayudas. Su finalidad es apoyar y potenciar las prácticas agrarias y ganaderas tradicionales. Y no lo hace desde un planteamiento nostálgico o romántico, sino basado en el enorme potencial económico que poseen, en su utilidad para salvar variedades y especies, que no sólo preservan nuestra biodiversidad, sino que son nuestra mayor riqueza productiva, variedades y especies que sólo el mercado, en este momento, no ayuda a preservar. Pero es que, además, defendiendo nuestras prácticas agroganaderas tradicionales, defendemos nuestra calidad alimentaria, nuestra cultura y un paisaje de ayer y de mañana. Así, la vaca del país, La Geria en Lanzarote o distintas variedades de trigo son valores que hemos de conservar. Pero es que, además, estas ayudas están destinadas a la agricultura ecológica, a la incorporación de jóvenes. Hoy, más que nunca, tenemos que ser conscientes de que los programas de desarrollo rural son semillas básicas que no podemos dejar perder. Se está perdiendo un tiempo precioso, tal vez debido a esa jungla de papeles y burocracia en la que nos hemos metido. Pero aún estamos a tiempo de corregir el rumbo.