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Presentación frente a un mar de verano

   

Imagen de archivo del escritor Rafael Arozarena. | DA

CECILIA DOMÍNGUEZ LUIS| Santa Cruz de Tenerife

Estoy frente al mar, en una playa de Hermigua. Las olas rompen con fuerza y tamizan de espuma la tarde. Los prismas de un antiguo pescante, a mi izquierda, me remiten irremediablemente a los poliedros marinos de los últimos poemas de Rafael Arozarena y, con ellos a esa mirada múltiple que abarca toda su literatura.

Tengo en mis manos la antología de Rafael, publicada por la Academia Canaria de la Lengua, en una exquisita edición de Ediciones KA.
Abro el libro y me detengo en su prólogo cuyo autor, Juan José Delgado, titula Exploración en los extralímites. Y es que el prologuista y seleccionador de esta obra, a lo largo de treinta y una páginas, explora los entresijos de una filosofía de la vida y la literatura que no tiene orillas ni desea tenerlas.

No puedo evitar pensar en lo difícil que es la labor del antólogo, porque, lo quiera o no, existen unos factores literarios y extraliterarios que van a condicionarlo a la hora de elegir un poema u otro, un texto u otro. Él sabe que toda obra literaria, por muy finalizada que se crea, es una búsqueda a lo largo de la cual se produce una serie de dudas y de certezas, de preguntas al interior del propio escritor y a los posibles lectores, mientras se acerca al punto y final, que vuelve a ser un nuevo comienzo.

También hay que contar con la emoción, como la define Julio Casares en su diccionario ideológico, esa agitación de ánimo que produce, en este caso, la lectura de un determinado texto. Pero no voy a insistir en lo personal -que no arbitrario, porque no es este el caso- de una selección.

En esta antología que hoy presentamos, Juan José Delgado ha elegido casi un 50% de la poesía de Rafael y, con gran acierto también, los relatos y artículos que, parafraseando al antólogo, tratan “aspectos concernientes a la creación y al proceso creativo, así como facilitar una aproximación a las cuestiones existenciales de los fetasianos”. De ahí que la antología comience con una poética, publicada por Rafael en La Gaceta de Canarias en 1992.

Hablé antes de la emoción, porque es imposible no emocionarse con los poemas de Rafael Arozarena, incluso con aquellos más herméticos, filosóficos, fragmentarios, o los más cercanos al surrealismo. Porque todos ellos están revestidos de la fascinación que nuestro autor tenía por el lenguaje y por la vida y que nos transmite en cada uno de sus versos.

De ahí que imagine a Juan José yendo y viniendo de un poema a otro, por los misterios de cada verso, dejándose arrastrar, al principio, por esa llamada entre mágica y desafiante, para luego deshacer el camino e iniciarlo de nuevo, esta vez de forma más pausada, en la que la emoción va dejando paso a la reflexión. Un esfuerzo necesario para comunicar todo el valor estético, filosófico y vital de cada texto.

En otras palabras, guardando la suficiente distancia para que el poema o el texto vuelvan informándonos de la visión del mundo del escritor, de sus recurrencias, de su tratamiento del lenguaje, del significado mucha veces inalcanzable de sus imágenes. Porque esa reflexión, ese interrogarse por la escritura y transmitírsela al futuro lector, hará que este se interne en los complicados caminos del poema, reconociéndolo y reconociéndose en él.

Por eso pienso que, al margen de sus mayores o menores aciertos, una antología requiere un gran esfuerzo intelectual y literario, pues si la selección está hecha con un criterio serio -como creo que es el que se ha seguido en esta antología- nos ayudará a comprender lo que la literatura ha significado en la vida del escritor y lo que esta ha supuesto para su obra.

Pero, después de haber leído el esclarecedor prólogo, no he tenido ninguna duda en dejarme llevar por la emoción que me supone releer los poemas de Rafael, de los que siempre me ha llamado la atención esa capacidad tan suya de adentrarse en lo remoto, en lo incomprensible, en lo que está más allá de nosotros, para acercárnoslo como si con sus palabras construyese un puente entre nosotros y lo cósmico, entre la realidad y el misterio. Y es que como bien dice Juan José Delgado “El poeta, aunque no se proponga sorprender, llegará al encuentro con lo sorprendente.”

Y así, en esta nueva lectura he vuelto a sentir la muerte del hombre y el renacer del poeta y me he afianzado en mi acuerdo con lo que escribió Octavio Paz sobre que “la poesía no busca la inmortalidad sino la resurrección”. Y de este modo he entrado en la catedral, he subido al domo y me he encontrado con el zapato abandonado en Berlín.

Leer a Rafael Arozarena es reafirmarse en la existencia, es sentir el júbilo del “primer encuentro con la gracia”, a pesar de “la llegada insolente del dueño del agua graciosa” Pero todo camino requiere un descanso; la emoción debe atemperarse para que la palabra se haga más fértil en nosotros y fructifique, haciendo permanente el gozo. Recuerdo entonces lo que manifiesta Rafael en su Poética, sobre ese “sentir el pasmo que provoca la existencia, la misma de todos, desde el nacimiento a la muerte”, y vuelvo a confirmar que Rafael tuvo, ante todo, una existencia poética. Todas sus palabras, incluso aquellas con las que tantas veces nos hizo reír, sus gestos, sus silencios, llegaban de un mundo interior donde la luz siempre se sobreponía a las sombras, donde todo cobraba un sentido mágico, utópico si se quiere, pero atrayente e irrepetible.

En la poesía de Rafael se escancia un vino generoso que él supo beber hasta el final y nos invita a hacerlo. No en vano afirmaba que para escribir “vida” no podíamos prescindir de la palabra “vid”. Es una sed que experimentamos cuando leemos cualquiera de sus poemas, que no se sacia en el siguiente, porque el poeta así lo desea; porque no quiere que dejemos de preguntar por esos lugares ignotos a los que inevitablemente nos encaminamos, por ese “otro” que siempre nos acompaña, en esa dimensión que está fuera de nosotros mismos, por ese interior desde el que somos.

Porque nuestro escritor sabe que una obra no está completa hasta que los lectores no se implican dinámicamente en ella; que le son necesarias sus interpretaciones, incluso sus preguntas, su aceptación o su rechazo.

Rafael creaba en soledad, como todos. Una soledad que poblaba de colores, de sensualidad, de música, de encuentros en el asombro por las cosas. Era un creador cuya vehemencia nos contagia y hace que nos acerquemos, aunque solo sea para rozar las faldas de esa inmensa montaña que supone su poesía, a pesar de que sea inevitable cierto desasosiego en esa búsqueda de lo perdido y reencontrado en la palabra.
Por otro lado y acerca del porqué de la poesía, Rafael afirmaba: “Mis poemas van delante de mí. Tiran de mi ánimo como los caballos tiran del carruaje…Dejemos que galopen” y esa afirmación queda fortalecida en su bellísimo poema “El caballo blanco del poeta ciego”. “Salta caballo, pájaro, poeta/ciego conjunto, bala desgranada del pecho de los ángeles./Vuela, salta, libera los ríos ascendentes/ de la sangre encendida…” Una vez más, esto confirma lo que del pensamiento poético de nuestro poeta dice Juan José: “las ideas de este autor se desarrollan sin recurrir al razonamiento: con la intuición y el instinto verbal pretende llegar al alma de lo poético.”

Continúo la lectura. Dejo atrás a Penélope, tejedora continua del mar, y me adentro en la ciudad de los obispos donde, como acertadamente dice Juan José Delgado, abandonada la caravana “se dispone a contemplar el gran espectáculo que le ofrece la naturaleza”; y con él y ese sabor marino que me está dejando la tarde, me dejo invitar por un “cielo de moras encendido” y convierto las gaviotas que sobrevuelan la orilla en palomas de enrojecidos picos, bajo este cielo, el de la isla, al que parecen encaramarse los macizos cercanos. Siguen conmigo el ave fénix resurgiendo de sus propias cenizas, los gallos cantando con el alba de fuego de los inmóviles hombres de paja y el fiero galope del caballo y, con tales alforjas, me sumerjo en el cielo fetasiano, esta vez sin miedo a perderme, quizá deseándolo, por culpa o gracia de lo que de este libro se dice en el prólogo, que incita a dejarnos llevar, a internarnos en ese cielo, y descubrir esa “nueva realidad creada”. Y es entonces cuando vuelvo a sentirme isla, cuando las palomas vuelven a ser gaviotas, cuando siento el picoteo de los mirlos en los nísperos, mientras “Dios roza con suavidad la curva de una luna completa”.

Alzo la vista, los prismas del pescante parecen agigantarse con la tarde y, como los poliedros del mar de Rafael, transforman la espuma en caballos y ángeles. Y me doy cuenta de que ese océano es algo más que el mar que contemplamos cada día. Y entonces yo también le pregunto “por los oscuros barrancos del cielo”, por el amor, la sal y la vida, en esta última hora del sol.

Y permanezco atenta porque sé que el mar me responderá a través de las palabras del poeta, con los ecos remotos de nuestro origen, con el ayer y el hoy que guarda la profundidad de sus mareas. Porque el lenguaje del mar y el del poeta transgrede todos los límites, y sus revelaciones nos dejan en el lugar del asombro, donde la intuición nos señala el camino de lo primigenio, uno y múltiple en un nacimiento compartido.

Empieza a oscurecer y la maresía esparce sus semillas de sal alrededor del libro, penetra sus páginas, sus orillas y las mías.
Es la hora propicia para los cuentos.

Como preámbulo, Rafael nos ha hablado de cómo ha llegado a hacerse escritor, nos ha presentado su territorio de ficción, esos “espacios inspiradores” donde va a desarrollarse la fuerza vital de sus personajes, unos seres que forman parte de la vida interior o exterior del autor, a pesar de que nunca podamos trazar una frontera aclaratoria entre ambas; y también, como no podía ser de otra manera, nos ha vuelto a hacer el “guiño” fetasiano, con la complicidad de José Antonio Padrón y de Isaac de Vega, su buen amigo y, según el propio Rafael, su maestro “en la amistad, la conducta humana y el pensamiento”.

Entro en la casa preguntándome si el mar me habrá escuchado. Leo los cuentos y, al final, tengo la certeza de que la figura de Serafín, elevado a los cielos por una enorme cometa amarilla, seguirá ocupando parte de mis sueños, como esas pesadillas que ni los niños ni los mayores podemos vencer. Tal vez porque en el fondo no queremos, porque siempre nos atrae aquello que nos inquieta, o también porque en el territorio de la ficción, como en el de los sueños, encontramos los espejos en los que se reflejan nuestros deseos y nuestros temores.

Recordaba con más claridad este relato porque más de una vez se lo leí a mis alumnos, sin que por ello consiguiera dejarme indiferente. Y sigo sonriendo ante esa ironía final que se nos ofrece como si de una moraleja se tratara: “Si alguna vez se le ocurre a usted una idea elevada, no se la ate al cuello”. Cuando ustedes lean el cuento sabrán el peligro que eso puede suponer.

El olor a mar, a manzanilla y, sobre todo, el color, se me vuelven a brindar en “Papagayo”, una playa entre lo real y lo imaginado, como todos los territorios de Rafael, y volví con el viejo Luciano a recordar a ese otro viejo y el mar en busca del pez que colmaría sus esperanzas que son también las nuestras.

Me doy cuenta de que sigo en ese mundo envolvente que es la literatura de Rafael Arozarena, que sus cuentos siguen conduciéndome a ese espacio particular, a ese cruce de fronteras entre la luz y las sombras, entre el origen y lo infinito, en un deseo de escapar de la monotonía cotidiana y el hastío en el que se sumergen algunos de sus personajes, mientras los espantapájaros siguen entre los árboles desafiando al sol. Y me río con la pertinaz vigilancia de la abuela Paz, siempre en la azotea, avizorando con un catalejo y con un pañuelo con cuatro nudos sobre la cabeza, una posible invasión de su huerto, que prácticamente destroza ella misma, en su empeño por salvarlo, llevada por los disparatados “inventos” del militar Tamalín, llamado así, por el sonido de la campana del huerto, tamalín, tamalín, que anunciaba su presencia.

Poesía, cuentos, donde tiempo y espacio tienen un universo propio que se renueva a cada lectura.

Son los dones de Rafael Arozarena, que conmueven porque nacen del interior del poeta. Dones que nos brinda en cada texto, y a los que nos acogemos, descubriendo todo lo que hay en ellos de exultante y generoso.

Es una noche tranquila de agosto. Cierro el libro y salgo de la casa. Las luces del ferry que atraviesa ese trozo de mar que contemplo desde la orilla, me dejan un regusto de alegre nostalgia, y, como si de un trasatlántico se tratase, navego por ese mar ofrecido con la certeza de nuevos y venturosos vislumbres en la palabra de Rafael Arozarena. así amanece.

*Texto leído por la autora de este artículo, Cecilia Domínguez Luis, en la presentación de Antología de Rafael Arozarena, que tuvo lugar el viernes 30 de septiembre en el Espacio Cultural CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife