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Sahara: la puerta del desierto (VIII) > Rafael Muñoz Abad

   

Con la que está cayendo en el continente vecino, lo fácil sería convertir esta columna en el pregón de las calamidades; del final del gadafismo en el mejor estilo il Duce; de la incertidumbre egipcia; del extraño secuestro de Tindouf, o de la esperanza en los comicios tunecinos. Y lo cierto es que sigo relatándoles esta aventura que fue caminar por esos páramos de Alá. No fue fácil llegar a Chinguetti. Un día de viaje repartido entre vagonetas y una paliza por carreteras pérdidas para ganar la séptima ciudad santa del Islam y puerta del desierto. Balcón de piedra que se asoma a un mar de dunas que en la playa del Mar Rojo se ahoga. Antaño, nudo fundamental del comercio transahariano; puerto de mar de esas naves del desierto que son los dromedarios, o centro cuyas bibliotecas amontonan manuscritos centenarios. Ahora, relegada al ostracismo de unas callejuelas que respiran historia y echan de menos más peregrinos. Si el tiempo en Mauritania se ralentiza, en esa meca de la caligrafía que es Chinguetti simplemente no existe. La noche cae difuminada sobre un desierto que rinde la tarde de color naranja. Horizonte de suaves crestas toronja bajo un telón de estrellas, que, con su negro manto, los tobillos del atardecer cubren en luz. No esperen mayor lujo que el agua fría. No busquen grandes hoteles más allá de algún coqueto alberge, que con la noche se transforma en un hotel de mil estrellas bajo las que dormir envuelto en silencio; ruido que ya me gustaría de tono para mi móvil. Ir con tiempo merece una ruta de varios días a bordo de un dromedario hasta alguno de los oasis. Dormir y vivir como los nómadas cuya única patria es el vacío de arena. Hombres que sólo conocen el himno del viento y sus susurros. Gente callada de la que hay mucho que aprender y más que escuchar. Me gusta mucho Mauritania. De puntillas sobre el horizonte está el caserío de Ouadane, y un poco más allá, Guelb el-Richat. Un remolino de piedra visible desde el espacio bautizado como el Ojo de África. Salimos de Chinguetti con la remota esperanza de que en Atar pudiésemos ver al Cheij. Hombre santo que espera su ceguez con los ojos del alma. El occidental viaja a África para que lo operen de las cataratas que su alma ciega; para librarse de sus mil demonios; esos que a la vuelta del viaje lo esperan. Atar es la encrucijada cardinal para viajar hacia la nada en cualquier dirección; o bien para vencer las horas de carretera que la separan de la capital: Nouakchott, trayecto en el que me di cuenta que es más fácil matarte en la carretera que el secuestro. Las estrellas de Chinguetti, la soledad del desierto… ya sólo eran un recuerdo en el retrovisor. No vi al Cheij.