Sexo (¡oh!) culto > Luis Alemany

Lee uno en un diario tinerfeño (que ni es éste, ni el apellido de su director es un gentilicio) que más del diez por ciento de las prostitutas de esta isla tienen estudios universitarios, por más que tal ambiguo enunciado muy rara vez remite a la posesión de un título académico, ya que la larga experiencia que posee uno como lector solapado (de las noticias biográficas de los escritores, publicadas en las solapas de los libros) le ha enseñado que cuando allí se informa de que un autor “cursó estudios de Derecho”, suele tratarse de un eufemismo que remite a la circunstancia de que estuvo matriculado alguna vez en esa Facultad, porque si hubiera terminado tal carrera el texto se limitaría a exponer que es licenciado en Derecho: así y todo -con titulación o sin ella-, no puede uno por menos de encontrar encomiable tal elevado nivel intelectual de las coimas insulares, porque sería injusto no reconocer que lo cortés de la cultura no quita lo caliente de la libido; por el contrario puede propocionarle múltiples morbosos atractivos complementarios: desde el empirismo del Kamasutra hasta la lectura de versos de Fray Luis de León (en la vertiente humanística) o (en la vertiente científica) la especulación creativa alrededor de los agujeros negros o -para los clientes sadomasoquistas-el análisis de los informes del Banco Mundial.
Guillermo Cabrera Infante narra en su novela Tres tristes tigres que una cabaretera de la célebre sala nocturna habanera Tropicana sorprende a los jóvenes protagonistas, que allí acuden, cuando bromean etílicamente acerca de la Mamábasis (procaz transformación verbal de La Anábasis), obra que la joven reconoce inmediatamente escrita por Jenofonte, pues se trataba de una maestra nacional que ganaba más dinero derramando mojitos `a comprapor las noches que desasnando guajiros por las mañana; a cuyo respecto no puede uno por menos de recordar la noche en que Aurelio Carnero y yo tropezamos en otro cabaret (éste tinerfeño: La Caracola, en La Cuesta) con una muchacha inglesa que me escucho comentarle a mi amigo, acerca de una de sus compañeras de trabajo: “¿No te parece que esta muchacha es medio lésbica?”; tras oír lo cual me preguntó sonriente: “¿Te refieres a que vive en la isla de Lesbos y rinde culto a Safo?” Si lee estas líneas alguien que me conozca, habrá adivinado ya que no dejé de visitarla todas las noches, hasta que abandonó la isla.
En cualquiera de los casos, hay que reconocer que el incremento del nivel cultural dignifica a todas las profesiones, incluso a aquéllas que -como ésta- suelen considerarse despectivamente indignas, desde el hipócrita puritanismo; por más que no piensa uno que comerciar con el sexo abiertamente -nunca mejor dicho- sea más inmoral que comerciar con el asesinato (como hace la fábrica Krupp), comerciar con los escandalosos reportajes de chismorreo, o comerciar con el hambre, como hacen los banqueros; aunque -en última instancia- no deberíamos olvidar que el ejercicio de cualquier carrera universataria conduce frecuentemente a la prostitución.