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Siniestro > Alfonso González Jerez

   

En la primera (y quién sabe si única) imagen fotográfica después de su muerte Gadafi aparece con la boca ligeramente entreabierta, y la expresión final dibuja una sorpresa: estoy muriendo, he muerto así, ya estoy muerto. En el Berlín de abril de 1945 los jerarcas nazis preferían, o afirmaban preferir, que los pillaran los norteamericanos o los ingleses antes que los soviéticos. Los primeros los encerrarían; los segundos, les volarían los sesos. De forma parecida, desde hace varias semanas algunos advertían que Gadafi, antaño todopoderoso dictador y ahora reducido a una rata encastillada en Sirte, sobreviviría si le cabía la suerte de ser capturado por militares o asesores de la OTAN, pero no tendría ninguna posibilidad si lo encontraban antes las milicias del llamado Consejo de Liberación Nacional. Una tontería propagandística, claro. A los que han patrocinado desde el exterior la caída de la tiranía de Gadafi les convenía que desapareciera de la escena política, abandonando este valle de lágrimas y petróleo, cuanto antes. Un Gadafi parlanchín, histriónico, testarudamente redundante, sería un incómodo acusado en la Corte Internacional de La Haya, recordando sus entrevistas, sus abrazos, sus acuerdos con los principales dirigentes de Estados Unidos y la Unión Europea, después de su reconversión de financiero del terrorismo internacional a terrorista de su propio pueblo. A Gadafi no le costó demasiado cara su camaleónica transformación; a los libios, en cambio, les costó soportar a Gadafi, precisamente, otros veinte años más.

El discurso oficial sobre la guerra de Libia expone el épico relato de un pueblo sediento de libertad que se levanta contra el tirano que controla sus vidas y haciendas y recibe el generoso apoyo de las democracias del planeta. Lo malo, una asunto menor sin duda, es que hay más de 100.000 muertos. Y la mayoría de estos miles de civiles aniquilados no brotaron, obviamente, de la lucha cuerpo a cuerpo ni florecieron putrefactamente en las trincheras. La mayoría, sin excluir a mujeres y niños, fueron víctimas de los bombardeos aéreos de la OTAN. Las bombas democratizadoras carecen de discernimiento, siquiera electrónico, y quemaron y arrasaron a muchísimos demócratas en acto o en potencia. Enseguida aparecieron por la ciudad de Trípoli, una vez liberada, Sarkozy y Cameron, ajustando sus agendas para coincidir con los telediarios del mediodía. Después de arrasar el país contribuirán a reconstruirlo, cobrando las debidas plusvalías y firmando los contratos de rigor porque, como dijo un mafioso al pedirle ayuda judicial a Vito Corleone, “entiendo que usted cobre por esto, después de todo, no somos comunistas”. Este mundo es un lugar siniestro.