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Tender puentes > Luis Alemany

   

No está demasiado claro todavía cuál va a ser la estructura definitiva del diminuto puente del Cabo, por más que en lo que respecta a cuestiones de estructura urbana nada puede considerarse definitivo del todo: de momento, lo han acotado con unas barandillas metálicas, afianzadas en el asfalto -lo que hace suponer su voluntad perdurable- que reducen notablemente su anchura prístina, dejando -a ambos lados- amplios márgenes ornamentales que remiten a las dimensiones originarias del que fue el primer puente chicharrero, que nació buscando voluntariosamente -en dirección a Anaga- la construcción de una ciudad que entonces apenas era el pueblito de pescadores que abastecía gastronómicamente a la aristocracia lagunera: en cualquiera de los casos, no deberíamos olvidar que -por tautológico que pueda parecer- un puente siempre es un puente, y a su través se pueden estudiar las señas de identidad de un colectivo urbano, que lo construyó para salvar las distancias topográficas y -sobre todo- sociológicas que habitaban a ambos lados del barranco, porque ignorar las diferencias entre ambos colectivos urbanos sería tanto como ignorar la Historia de la ciudad. Un anciano prócer chicharrero proponía trazar una imaginaria circunferencia de ochocientos metros de radio, cuyo centro se situara en la Plaza de Los Patos (tal vez -al menos para uno- el corazón del moderno Santa Cruz de Tenerife, construido en el primer tercio del pasado siglo), concluyendo contundentemente que lo que quedara dentro de ese espacio era gente, y el resto gentualla: por más que ignore uno el motivo de establecer tales pintorescas dimensiones (tal vez uno de sus enemigos vivía a ochocientos veinte metros de la plaza), no cabe duda de que ese círculo ideal abarcaba lo que entonces pudiera llamarse el “todo Santa Cruz”: incluía buena parte del barrio del Toscal, llegaba a la plaza de Candelaria, a Pino de Oro, al barrio de Salamanca y a Cabo-Llanos: los canariones (que aman, cuidan y miman su ciudad mucho más que los chicharreros la nuestra) han establecido -desde siempre- límites urbanos infranqueables que prevalecen; de tal manera que la alcurnia habitaba en Veguetas (en el lado de allá del barranco Guiniguada), la clase media en Las Palmas -desde el Puente Palo hasta la Portada: en el Parque de San Telmo- , y de la Portada para allá -como decía el anciano prócer chicharrero- gentualla: en ambas ciudades, el protagonismo lo ostentó el barranco como línea divisoria, gratificantemente paliada por el puente.

Por demagógico (o cursi: tal vez ambas cosas) que pueda parecer no puede uno por menos de pensar que los puentes resultan necesarios para comunicarnos, de manera muy especial en los momentos de mucha confusión en los que estamos viviendo actualmente; de tal manera que -sigue pensando uno- si no existen resulta conveniente levantarlos; pero cuando -como en este caso- ya existen, desde hace siglos, lo mejor es dejarlos como están, que por algo los habrán construido así.