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Tijeretazos > Francisco Pomares

   

Si un marciano llegara accidentalmente a las costas de Canarias en su platillo volante, probablemente no entendería nada de lo que nos ocurre: aquí tenemos a políticos que roban a manos llenas y no sólo no van a dar con sus huesos en la cárcel, sino que los votamos una y otra vez, incluso, en algunos casos, después de serles probados sus delitos. Tenemos a alcaldes que permiten irregularidades y estropicios y se pasan las leyes por el arco de triunfo… pero viven tan ricamente, instalados en una permanente impunidad. Tenemos empresarios que urbanizan, convenian y trapisondean sin que nadie les chiste. Y jueces que mercan sentencias o aplican tratamiento de favor a delincuentes con recursos. Y periodistas que agreden, insultan, mienten y destruyen honras ajenas, pero cuando llega la hora de la verdad silencian de encargo los verdaderos escándalos y desvergüenzas. Y luego pontifican sobre la libertad de prensa y encima hay gente que les cree. Cómo cree y vota tanta gente a esos políticos y alcaldes, cómo admiran a esos jueces y empresarios de éxito. Hace ya años que nuestra sociedad está irremediablemente contagiada por un virus destructivo de nuestras mejores cualidades. Un virus que hace que nada -nada de nada- tenga la más mínima importancia, aparte del poder y el dinero. Un virus que infectó hasta la médula a líderes políticos y sociales, a profesores y artistas, a taxistas y camareros. Un virus que tiene que ver con la generalización de la desidia, con años y más años de lo mismo y más de lo mismo, pero también con un discurso moral en retirada, con el abandono de la educación en esos valores que antes eran nuestro motivo de orgullo, y con una cultura basada en la tolerancia al dispendio y el lujo de quienes nos mandan, a cambio de que sigan mimando, contratando y subvencionando a los pudientes, y nos faciliten circo y créditos para el consumo al resto.

Ahora, todo ese entramado de conveniencias y tolerancias se ha ido brutalmente a hacer gárgaras: la argamasa de molicie y abundancia ha saltado por los aires, y lo que nos queda es el esqueleto de una supuesta decencia más falsa que un duro de Sevilla. Como la de estos beneficiados oficiales que lamentan que el grifo se cierre también para ellos y esgrimen su dignidad herida de aliño. No se revolvieron por las pequeñas injusticias de antes, ni al destaparse las grandes injusticias de esta crisis injusta. Pero interpretan con tesón su coreografía recargada de gestos y palabras huecas, porque ahora les han tocado el bolsillo a ellos.