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Trema la tierra > Rafael Alonso Solís

   

Dicen que ayer, a la misma hora y en distintos lugares, más de mil bocas se abrieron al cielo y soltaron una sucesión incontenible de ríos humanos, lenguas de conciencia y lava viva que se extendió por las arterias del planeta clamando atención. Si el centro de la tierra, donde habitan los materiales incandescentes desde los que se originó todo, se comunican con el exterior mediante arroyos de magma hirviendo, parece que el desencanto lo hace por internet y se cita en las plazas públicas desde los sofisticados artificios hechos de partículas inteligentes, tras siglos de pensamiento y tecnología. Es un contraste entre la naturaleza desbocada, que pugna por salir a la luz para crear nuevas nuevas islas atlánticas, y la voz incontenible de una indignación que parece organizarse en respuesta a la falta de futuro, a la incertidumbre del oscuro mañana que anuncian los profetas. Como símbolo inequívoco, en Wall Street, en el centro del icono imperial del mercado, se levantan cientos de tiendas de campaña donde se reúnen cheyennes, sioux y aparahoes, una maraña de tribus urbanas que sueñan con una repetición gloriosa de Little Big Rock y esperan la aparición de un Custer de la bolsa al que derrotar de nuevo, arrancarle la cabellera y enseñarla por las redes como muestra de la victoria.
La lava humana gusta de expresarse en plural, como los guerreros de las praderas, los gitanos de la Alhambra y las bandas del Bronx. Las bocas de fuego han aprendido a actuar al unísono, y una mancha verdosa, de movimiento inquietante y ajena al control de la técnica, se acerca a la costa con aire de amenaza, sin dar cuenta aún de sus intenciones, sin permitir conocer sus límites ni facilitar el augurio imposible de su regreso al fondo del abismo. Trema la tierra y, con curiosa sincronía, trema el mundo a través de un guión que nadie escribe, sino que se redacta a sí mismo con la libertad que dan las ganas y el hartazgo, la irritación y la escasez, el ruido y la furia, mezclándose para dar vida a los materiales con que construir otro escenario, otras reglas de juego, otra geografía. En el centro del Mar de las Calmas, un volcán dormido ha abierto los ojos y exige la devolución de lo que era suyo, la vida robada y el sitio para el descanso. Al mismo tiempo, el alma de Wall Street, el corazón de la fábrica dónde el papel se hace mano de obra y carne de batalla, trema en colores y huele a azufre.