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LA TRAMA DEL ARQUITECTO

Un aviso a navegantes

   

Juan José Delgado. | DA

Cecilia Domínguez Luis | Santa Cruz de Tenerife

Vivimos en un mundo complejo y convulso. La tan aclamada, por algunos, globalización, un fenómeno fundamentalmente económico, lejos de producir un acercamiento igualitario de los pueblos, lo que ha creado es una dependencia mayor de los países débiles con respecto a los fuertes y, paralelamente ha acentuado aún más las diferencias entre pobres y ricos, entre poderosos y vencidos. En definitiva, ha producido una fragmentación más profunda de este mundo en el que nos toca vivir. Las guerras no cesan, y las dictaduras, en muchas ocasiones disfrazadas de una democracia que nadie se cree, proliferan, sobre todo en el llamado tercer mundo que, a veces, está más cerca de lo que pensamos.

Por otra parte, los medios de comunicación han acabado convirtiendo cualquier suceso humano en espectáculo, por muy trágico y espeluznante que este sea. Es más, y parafraseando la teoría de la hecatombe, “cuanto peor, mejor”, más audiencia, más publicidad, luego, más dinero. Sin contar con ese cúmulo de información- si podemos llamarla así- que, a manera de veloces flashes, nos aturde.
Pero no estoy aquí para discutir sobre lo complicado de nuestra actualidad, sino para algo mucho más gratificante: la presentación de, para mí, una intensa y atrayente novela, editada por Tropo Editores de Zaragoza, La trama del arquitecto del escritor Juan José Delgado.

Entonces ¿a qué viene esa introducción un tanto desasosegante? Se preguntarán ustedes. Pues viene a que la novela que hoy presentamos trata de eso: del apasionante y terrible destino del hombre, de sus muchas veces arbitrarias y nefastas decisiones, de su afán de poder sobre la vida y la muerte de los otros, de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, esos grandes aliados pero a veces también peligrosos enemigos del acontecer humano.

Desde luego, La trama del arquitecto no es una novela al uso. Y no lo es porque un tema tan complejo como el de la sociedad actual, como el de la guerra, el desatino y la muerte, así lo requiere.

¿Cómo condensar en doscientas once páginas una época tan complicada como la nuestra? Juan José Delgado lo consigue y eso no deja de asombrarme.

El tema, es cierto, resulta espinoso, pero aquí entra la habilidad del escritor, su organización del texto y del lenguaje que es, además, quien da tono y ritmo a la novela y hace que el lector se sienta atrapado y no tenga más remedio que pasar por los mismos caminos existenciales que les va mostrando su autor y sentir su misma inquietud, después de haber reído con las extravagantes situaciones que nos presenta.

Y es que, la mayoría de los pasajes de La trama del arquitecto, está escrita desde una ironía muy cercana al sarcasmo y constituye una parodia de la vida en donde nada es lo que parece ser, haciéndonos dudar de si todos estos acontecimientos extraños y desconcertantes no serán una manifestación de que el mundo se está convirtiendo en un eterno retorno de lo mismo.
Pero vayamos por partes.

La trama del arquitecto está dividida en doce capítulos, cada uno de ellos con su título correspondiente que, a modo de entradilla, nos avisa de lo que vamos a leer a continuación. Claro que es una prevención hasta cierto punto, porque la sorpresa aparece cuando menos lo esperamos.

Todo sucede en una ciudad imaginaria, Onora, capital y sede del gobierno de la nación de Nubada, en cuyo centro, el llamado Kilómetro Cero y que viene a ser una colina expuesta a todos los vientos, se encuentra el Palacio residencial del dictador y jefe supremo, Gedeón Campos de Bramante.

La presencia de un dictador nos hace pensar en la novela anterior de Juan José, La fiesta de los infiernos, pero si bien es cierto que de dictadores se trata, en La fiesta de los infiernos estamos ante un espacio perfectamente reconocible, Santa Cruz de Tenerife, y unas fiestas, los Carnavales que, en un tiempo dictatorial de ingrato recuerdo, hubo de llamarse “Fiestas de Invierno”. Además, si ya, desde el primer capítulo de esa novela aparece la estrafalaria figura de un tirano al que se describe físicamente, en La trama del arquitecto, apenas se nos habla del físico de Gedeón– pienso que no hace falta- diciéndonos sólo de él que es un hombre maduro, que usa permanentemente gafas oscuras. Tirano extravagante al que, y ahora soy yo la que me permito un guiño, “por sus obras lo conoceréis”.

En lo que sí coinciden ambas novelas es en la estrategia literaria de mezclar entre sus párrafos, y no de manera gratuita, referencias de todo tipo, así como en los cambios de voces narrativas.

El primer capítulo de la novela, titulado, precisamente “Kilómetro Cero”, nos prepara el terreno para lo que va a ser una especie de discurrir a saltos entre espacio, tiempo y personajes, llevando como vehículo un lenguaje lleno de agudeza e imaginación.

Es de noche. Fina estampa, una prostituta, se pasea, con su andar andar, por una de las calles de Onora en busca de clientes y encuentra a un caballero con el que se irá al parque “Arrebol de los geranios” de donde ambos saldrán “perfumados de magnolias”. Como ven, sólo falta añadirle la música. He aquí una de nuestras oportunidades para sonreír- reír abiertamente, diría yo-, pero esto dura poco. La sordidez de una calle de casas decrépitas, aumenta con la presencia de un maloliente mendigo que se propone vender su piel (lo único sano que le queda) y de un perro vagabundo, a los que Fina Estampa da parte de sus ganancias, sin recibir agradecimiento alguno.

Amanece, y una manifestación que empieza a moverse al grito absurdo de “Paz en la guerra”, -algo que nos remite inevitablemente a ese mensaje seráfico de todos los 25 de diciembre- es repelida por los oscuros antidisturbios del dictador, al mando del ministro de Seguridad e Interior, Fuerte Cardona.

Una vez disuelta, el dictador pasa en su coche blindado al que llaman Tiburón, y que por supuesto, es negro, camino de su búnker. Pero Gedeón Campos de Bramante no viaja solo. Lo acompaña Ira Delaserna, una atractiva e influyente mujer que le prepara un cigarro de marihuana. El dictador fuma con ansia y, por efecto de la indirecta inhalación de humo, Ira, convertida en Audrey Hepburn, se ve desayunándose frente al escaparate de Tifannys, con su “repetido y glamoroso vestido negro”.

Mientras, un pobre soldado que vigila el paso del gerifalte, se deja dormir sobre su fusil, cuya bayoneta calada le atraviesa el cráneo. No hay tiempo para enterrarlo y, como imposible epitafio, unos versos del poema “El viaje” de Baudelaire: “¡Oh muerte, vieja capitana, ya es hora!, levemos el ancla.”

Es el comienzo de una vorágine en la que sus protagonistas y causantes parecen privados de toda humanidad, seres mezquinos y malvados. Estamos entrando en el lado oscuro, en el inicio de la barbarie que suponen los totalitarismos.

A todas estas, los dendritas, una tribu invertebrada y salvaje de cabreros, misteriosamente invencible para los ejércitos del dictador, habían dejado de ser una amenaza después de la firma de un tratado de no invasión de sus dominios. Aunque no se les debe perder de vista porque su papel será fundamental en esta novela.

¿Pero qué ocurre cuando los enemigos están en tu propia casa?

En esa dictadura cada vez más esperpéntica se decide consultar a una bruja, trasunto de La Celestina que vive en la Montaña Mágica, ese “extraño sanatorio que, por un tiempo, sirve como depósito de cuerpos inútiles y almas perdidas”, dirá uno de los personajes de esta novela en claro homenaje de su autor a Thomas Mann. Es María o Mariona Belcha, una vieja borracha, hacedora de hechizos y ungüentos. Y en su zahúrda entrará Ira Delaserna, igual que Hans Castorp en el sanatorio, con una gran incredulidad y escepticismo, para acabar atrapada en sus redes.

Convencida por Belcha de que es el miedo el arma para procurar cualquier desatino y consciente de su ascendencia sobre el dictador, Ira prepara una obra de teatro, que tiene como escenario la gran Sala del Castillo del Negro, y que más que una pieza teatral es una auténtica orgía, oscura como un aquelarre, con sexo, sangre y muerte. Con ella esta mujer lleva al gerifalte a su terreno, sembrando en Gedeón la inseguridad y el miedo, haciéndole ver enemigos entre sus propios Consejeros, a los que se elimina sin piedad. No por casualidad, este capítulo se titula “Canto de Verdugo y ajusticiados”, referencia directa a la primera novela de Juan José y alusión que no va a ser la única.

El miedo persiste y entonces es necesario crear un enemigo externo al que atacar, así como dar suficientes y espurias razones al pueblo, para que luche y muera por la patria.

Se organiza la guerra contra un vecino del Norte, y el país de Nubada que es, al fin y al cabo metáfora del mundo, entra en el reino sombrío de la sinrazón. Una guerra que tiene como escenario, el gran desierto de Tacande, cuyo nombre rotundo, como el redoble de un tambor, parece incitar al ataque, y que va a ser transmitida en riguroso directo por D. Mercurio, un crápula personaje adicto al régimen, manipulador y tendencioso, que se convierte en caricatura de sí mismo, perdiendo hasta su nombre para tomar el de su periódico, La Voz de Mercurio. Una guerra, por otra parte cuyas armas han sido bendecidas por hisopos episcopales; esa misma jerarquía eclesiástica que tantas veces paseó a un conocido y casi eterno dictador bajo palio.

Y todo este esperpento bajo las alas multinacionales de la Corporación de los Halictus, una especie de secta a la que pertenece el dictador y sus consejeros y en la que introducen, en una disparatada ceremonia, a Petro Storner, el arquitecto encargado de construir un búnker más seguro. Desatinos que no cesan, como la Ley de abolición celular, o la reforma urgente de la Constitución para cambiar la abeja que ondea en el centro de la bandera. Imagino que esto de reformas urgentes les sonará a muchos de ustedes.

Esa estúpida cruzada, como las vidas y haciendas de Onora, es vigilada por un Gran Hermano, Mr Zuritó, gran ojo orweliano que lo observa todo tras una pantalla. Es “El señor de las ratas”, como se denomina un retrato suyo que aparece a su espalda. Un nuevo y doble guiño de Juan José, que incorpora un cuadro del pintor Néstor Santana al que ya describe en su primera novela Canto de verdugo y ajusticiados y en su libro de poemas Un espacio bajo el día.

“¿Por qué el nombre de “El señor de las ratas?” se lee en La trama del arquitecto. “Porque lleva en la mano, como ofrenda, un engendro de rata, en tanto por la restante franja inferior del cuadro, la humanidad es un círculo de homúnculos gesticulantes que bailan atormentadamente y se enlazan unos con otros y se ligan a la tierra con rebabas de asquerosos cordones umbilicales”.
Como ven, el horror está servido.

La guerra es un tema recurrente en la obra de Juan José Delgado. No sólo en su narrativa. Si leemos su libro Tres gritos favorables bajo las nubes y, sobre todo, Un espacio bajo el día, la guerra y la muerte ocupan gran parte de sus poemas. Porque sabe que la muerte es inevitable, pero la guerra es producto de la insania, de la codicia, del desorden, y sólo la paz, como se dice en un fragmento de esta novela hará que vuelvan “de nuevo las cosas a su sitio….Y que el destino continúe ordenando el momento natural en que sobreviene la muerte.”

Nombres, episodios, parodias y esperpentos valleinclanescos con las que Juan José Delgado nos quiere hablar de una realidad que ve a diario y, para ello, decide dejar que lleguen a su mente otras voces, unas veces externas, otras del interior de sí mismo, llámense sosias o subconsciente, que le van dictando los pasos a seguir. Así, a borbotones, una idea le lleva a la otra, una palabra a la otra. Pero no es del todo inocente- ninguna literatura lo es- Juan José Delgado sabe administrar esas voces, dejarlas caminar hasta cierto punto, porque al final es él quien tiene la última palabra.

Por eso en medio del horror, realiza unas piruetas literarias que nos sorprenden.

Como ejemplo esta nueva escena insólita, casi desternillante: Ultimados los detalles para la retransmisión en directo de la batalla, Mercurio y el ministro de Seguridad, Cardona, empiezan a beber güisqui y de pronto, el ministro, fijando su vista en la indumentaria un tanto descuidada del periodista, se saca de la manga un encendido y largo elogio a la corbata, del que no puedo evitar entresacar unos fragmentos: “Ancho, largo, textura, color, nudo. Todo eso, en un equilibrio y armonía perfectos, es la corbata”…”Quienes busquen la parte práctica del tema, la corbata se la dará: la corbata resguarda del frío la zona faríngea y, además, se han realizado concienzudos estudios que prueban la estimulación inductiva de la corbata sobre el corazón”. Disparatado discurso, el de la corbata, que estoy por asegurar que se relaciona con la opinión que el escritor de La trama del arquitecto, tiene sobre dicha prenda. Y permítaseme, esta vez, la ironía.
En medio de tanto avatar, Petro Storner, el arquitecto, prosigue la construcción del búnker, y pronto se da cuenta de que será la última obra de su vida. Sabe que está condenado a morir, como los arquitectos de los antiguos faraones, y es entonces cuando urde su trama que, desde luego, como otras tantas cosas, no voy a adelantar aquí.

Y mientras se predica en la Catedral, que sustituye al teatro de la orgía, se preparan nuevas y más sofisticadas armas para atemorizar a propios y extraños y que, de esta manera, la paz sea posible y se hable entonces, “a la sombra de las armas en flor”, de bombas, bacterias, de las siete plagas, mientras los dendritas, siguen sin salir de sus acotados dominios.

El plazo se acaba- que no la novela- y el tirano, que cada vez se parece más a un pelele en manos de Cardona y de Ira Delaserna, tiene ya su nuevo búnker a prueba de cualquier ataque.

Debo señalar que, a medida que leía La trama del arquitecto me iba dando cuenta de que estaba ante una alegoría, no sólo de la guerra sino de nuestra contemporaneidad. La relación entre novela y realidad se mueve aquí entre esas misteriosas sensaciones que le llegan a su autor, y su forma de reflejarla en un texto lleno de juegos irónicos, a veces crueles, pero también de mensajes que nos conmueven, en el sentido compasivo y piadoso del término, como las reflexiones del arquitecto o el diario del héroe a la fuerza, Martín Pardo, soldado-víctima de la absurda guerra.

Los cambios, en estos casos, de un narrador omnisciente a otros en primera persona, nos los hacen más cercanos y quisiéramos poder salvarlos de todo aquel caos.

De todas formas, no es una novela desesperanzada, a pesar de que habla de un mundo extraño, violento y peligroso. Juan José Delgado ha sabido encontrar el lugar desde el que contemplar, sentir y escribir, para con ello poner orden en la variedad de la existencia y convencernos ¿o no? de que otra realidad es posible.

Atrás quedan las múltiples referencias culturales y literarias del autor, algunas de las cuales les he mostrado aquí y otras tendrán que descubrirlas ustedes.

Y aquí les dejo, con el reto de enfrentarse a una novela arriesgada, como deben serlo todas, con la no sólo testimonial sino provocadora Trama del arquitecto; con ese dejarse llevar por todos los guiños que descubran, desde Groucho Marx a Miguel Hernández, pasando por Valle-Inclán (imprescindible en la obra de Juan José Delgado), Quevedo, Borges y sus laberintos, el agente 007, Mª Antonieta, Bécquer o Proust.

Ah, por cierto: y no nos olvidemos de los dendritas.

Cecilia Domínguez Luis *Texto leído en la presentación de La trama del arquitecto el jueves, 29 de septiembre, en la MAC