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TIEMPO AL TIEMPO > POR JUAN JULIO FERNÁNDEZ

Un buen libro > Juan Julio Fernández

   

Un buen amigo, con el que sintonizo en muchas cosas, me hizo llegar un libro que he leído con interés y deleite, Gregorio Marañón, radiografía de un liberal, que recomiendo a quienes estén interesados no solo en la trayectoria vital de un español eminente en muchos campos, sino también en los entresijos de los primeros años del siglo pasado, ciertamente convulsos, hasta llegar al trágico desenlace de la Guerra Civil y mucho de lo que vino después. En lo que personalmente me concierne, debo reconocer que su lectura me ha servido para completar información y poner muchas cosas en su sitio.

Tuve oportunidad, en mis años escolares en Madrid, de asistir al entierro de Marañón en 1960, como la tuve antes, en 1956, de estar en el de Ortega y Gasset. Al primero se refiere Juan Pablo Fusi, en un prólogo esclarecedor del libro como al “más multitudinario de los celebrados en la capital de España en el siglo XX”, lo que deja bien claro el prestigio de Marañón y el aprecio que despertaba en españoles de distintas generaciones y con motivaciones ideológicas también distintas, cuando en España aún no era fácil manifestarlas públicamente y, aunque algo distendidos los controles, todavía estaban recortadas las libertades.

Antonio López Vega, un joven y ya destacado profesor universitario, ha hecho un excelente trabajo, perfectamente estructurado y que etiqueta como radiografía para manifestar su voluntad de no quedarse en biografía, relación de aconteceres de la vida del protagonista, sino de profundizar en sus motivaciones y, en particular, en su talante y praxis liberales, de los que él mismo destacaba que, sustantivamente, serlo requiere una disposición de ánimo para admitir que el otro puede tener razón y aceptar que el fin nunca justifica los medios, sino que son éstos los que deben justificar el fin. Muy bien documentado, con continuas llamadas que ayudan a entender el entorno y las circunstancias políticas y sociales de aquellos años en que vivió y en los que, al margen de los estamentos representados por la nobleza, los militares y los eclesiásticos, había una gran masa de analfabetos viviendo en la miseria y, en contraste, una minoría de intelectuales que se comprometieron en un empeño por remediar una desastrosa realidad.

Una élite intelectual, de la que Marañón, médico y liberal, tuvo claro que España no podía salir de su postración sin una reforma profunda de la enseñanza y de la sanidad, lo que exigía su europeización.

Y este empeño lo compartió con otras figuras preclaras de la inteligencia como Ortega, Pérez de Ayala, matemáticos como Julio Rey Pastor y científicos como nuestros paisanos Blas Cabrera y Juan Negrín, que de alguna manera recogían la antorcha izada antes por Unamuno, Baroja, Azorín y Antonio Machado, entre otros.

Marañón, trabajador incansable -él mismo se autodefinió como un trapero del tiempo-, tuvo desde muy joven un reconocimiento como científico que se tradujo en admiración popular. Como médico se prodigó en mejorar las condiciones de vida de los españoles de su tiempo y como liberal no se quedó en una mera actitud tolerante, sino que dio la batalla, con cárcel y exilio incluidos, para contribuir a la libertad personal y a consolidar los avances que España necesitaba para dejar atrás la carcundia y modernizarse.

Cuando con la entrega de Alfonso XIII a Primo de Rivera y la Dictadura de 1923, se desencantó de aquella monarquía -más tarde, después de otros desencantos se reconcilió con ella- apuntó hacia la república y con Ortega y Pérez de Ayala firmó el Pacto de San Sebastián que ayudó a traerla.

Fue elegido diputado en 1931, pero no quiso repetir ni tampoco aceptar otro nombramiento político, incluidos los de ministro y presidente del Gobierno, aunque siempre estuvo dispuesto a poner su prestigio, honradez, talento y talante al servicio de cualquier empeño de conciliación y cuando sufrió los desmanes previos a la guerra en un Madrid vuelto del revés y ensangrentado y vio en riesgo su vida y la de los suyos, se desdijo de su fervor republicano y optó, como tantos otros, por el exilio, suscribiendo las palabras de su amigo Ortega respecto a la República: “No es eso, no es eso”.

En otra coyuntura, con los nazis en París, tuvo que optar entre alejarse más de España o volver a ella. Eligió lo segundo con algunas concesiones a Franco, aunque sin abdicar, nunca, ni de su independencia ni de su espíritu conciliador.

Llega el libro en un momento oportuno cuando, lamentablemente y salvando distancias, se empieza a oír otra vez el no es eso, no es eso.

Para FG del R en su personal batalla