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Un debate de jarrones chinos > Manuel Iglesias

   

Para el 9 de noviembre está propuesto el debate en televisión entre los dos principales candidatos a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy, un encuentro que es de suponer que va a tener interés porque sobre la mesa estará la disección de la gestión del Gobierno socialista, por una parte, y las acusaciones de inexistencia de un programa que desde el PSOE le lanzan al PP y que el líder conservador tendrá que despejar para romper una de las bazas de la estrategia de ataque de sus rivales.

Y en torno a esta confrontación de quienes tienen las mayores posibilidades de ocupar La Moncloa en el próximo futuro ha surgido una controversia sobre otro posible “cara a cara”, entre los dos expresidente del Gobierno, el socialista Felipe González y el conservador José María Aznar.

La mera idea de realizar una porfía así evidencia la confusión a la que ha llegado el panorama informativo político español, que parece dominado por la influencia de programas triunfantes en la televisión basura, para ver enfrentarse a dos personajes por el mero hecho de verlos pelearse.

No es que las opiniones de Felipe González y José María Aznar no puedan ser interesantes y dignas de respeto, pero se trata de un expresidente del Gobierno que dejó el Ejecutivo hace quince años y otro que salió del Gobierno hace casi ocho. Ninguno se presenta a las elecciones ni parece que vayan a ocupar cargos en el Gabinete, por lo que cabe preguntarse ¿y de qué vale lo que puedan opinar respecto a lo que hay que hacer en el futuro si ninguno de ellos figura de manera activa en él y ni siquiera se sabe si sus respectivos correligionarios van a estar de acuerdo o seguir las propuestas o líneas que allí se planteen?

Pueden analizar el pasado, pueden confrontar lo que hizo cada cual, pero difícilmente le pueden decir lo que hay que hacer a quienes hoy son los líderes actuales de sus partidos y que habría que ver si están dispuestos a darles a estos expresidentes la capacidad de tutelar su gestión y teledirigir sus políticas. Por lo tanto, la utilidad no parece mucha más allá del espectáculo de un Sálvame político.

En su día Felipe González pronunció una frase que hizo fortuna, señalando que “soy como en un jarrón chino grande en un apartamento pequeño. Se supone que tiene valor y no quieren romper el puñetero jarrón y echarlo a la basura, pero, donde quieran que lo ponen, estorba. Y si yo estorbo, imaginen lo que estorbará Aznar, el pobrecito”. Pues vale. Y por eso quieren que debatan entre ellos.

Es significativo. Así han llegado las cosas en este país en los últimos tiempos, con el surrealismo de estar metidos en la propuesta de intentar sacar algo de una discusión entre dos jarrones chinos que no nos caben en el piso.

Pues sí que estamos desesperados.