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Un hombre que cambió la fiesta > Manuel Iglesias

   

El Carnaval de Santa Cruz ha adquirido tal fuerza popular que la mayoría tiende a dar por hecho que su estructura, sus números y su desarrollo han sido así siempre, pero en realidad la fiesta tal como la conocemos es relativamente moderna y tiene unos pocos años menos que nuestra actual democracia, ya que fue en el llamado “tardofranquismo”, en las postrimerías del régimen anterior, cuando comenzó la evolución de estos festejos hacia los parámetros actuales.

Quizás por ese dar por hecho la persistencia de determinadas actividades “de toda la vida” no percibimos cómo tuvieron un momento de nacimiento y unos “padres” que no están perdidos en el pasado, sino que son parte de nuestros días. Muchos de esos progenitores viven y otros, como es el caso de Manuel Monzón, han muerto en estos días, dejando tras de sí la herencia de las comparsas, que representan uno de los aspectos esenciales de nuestro Carnaval, pero también de otros que lo imitaron, como el de Las Palmas. Y precisamente el mismo hecho de saber cuándo y quién crea las comparsas resalta que lo de Gran Canaria es una copia sin más y sin esencia propia.

Conozco a Manuel Monzón y vi su creación desde sus primeros momentos, porque yo hacía información de calle en la época de Ernesto de la Rosa en las Fiestas de Invierno y, seguidamente, con Juan Domínguez del Toro, con el Carnaval. Monzón había regresado de Venezuela y de allí trajo la idea de crear una agrupación casi vecinal, más festiva que las rondallas y las murgas, que capitalizaban entonces gran parte del movimiento grupal de las fiestas.

En una entrevista realizada por los 70, contó que su intención era crear una parranda musical, pero con disfraces y un aire más caribeños, y aquello evolucionó hacia música y baile, porque Los Rumberos eran inicialmente familias y amigos del barrio de La Salud, y esta era una manera de integrar a todos, a los que tocaban instrumentos, a los que cantaban y a los que entonces sólo practicaban una sencilla coreografía de baile, y hasta a quien hacía de maestro de ceremonia, el pletórico y estentóreo Sergio Méndez.

Ahora, cuando desaparece, al igual que sucedió con Enrique González, fundador de la Ni Fu-Ni Fa, la murga decana, también Manolo Monzón se merece un homenaje de la fiesta y de la ciudad donde hizo nacer su grupo, porque la fiesta de hoy de Santa Cruz, de Las Palmas de Gran Canaria y de otros lugares de las Islas no se entendería sin las comparsas, que se han convertido, después de los trajes de las Reinas, en las agrupaciones que probablemente más identifican las personas que viven en la Península y en el extranjero y los espectáculos en los hoteles como un referente del Carnaval del Archipiélago.

El Carnaval no sería igual sin las comparsas y éstas nada sin Manolo Monzón y sus amigos.