X
el dardo >

Un sí con incógnitas > Leopoldo Fernández

   

La organización terrorista ETA acaba de anunciar “el cese definitivo de su actividad armada”. En román paladino, no matará más, dejará sus actividades criminales, abandonará la violencia que ha caracterizado su negra trayectoria durante más de 40 años. ETA estaba acorralada, infiltrada, quemada, reducida a medio centenar de fanáticos terroristas, eso sí, con capacidad para seguir asesinando. Pero tenía perdida la partida, y por tal motivo, y por la falta de cobertura y respaldo de la ciudadanía vasca, ha decidido apostar por “un escenario de paz y libertad”. Lo mismo podía haber hecho hace ya muchos años, para evitar sufrimientos a miles y miles de ciudadanos y familias inocentes. Me alegro de que al fin acabe tanto horror, aunque queda aún mucho camino que recorrer y ETA y sus adláteres no lo van a poner fácil. Para empezar, el grupo criminal debe disolverse, y cuanto antes. Después, entregar las armas. Luego, reparar el enorme daño causado a la sociedad española en su conjunto, y los pistoleros, pagar por sus culpas. Y finalmente, mostrar arrepentimiento y pedir perdón a las víctimas. Su comunicado de ayer, que es bienvenido, no apunta precisamente en esa dirección, aunque aluda a un pretendido compromiso “claro, firme y definitivo” por superar “la confrontación armada”. Ojalá todos los terroristas acepten este planteamiento y no pase como con el IRA, que una pequeña facción sigue matando.

Ese enfrentamiento sólo ha existido en la imaginación de los etarras, que han atentado contra ciudadanos inocentes e indefensos por el solo hecho de discrepar de sus ideas totalitarias. La sociedad civil se ha defendido con todos los medios legales a su alcance -salvo en el excepcional y lamentable asunto de los GAL- del acoso criminal a que era sometida. Y desde el imperio de la ley y la fortaleza de la democracia, puede decirse que ha derrotado a esta banda mafiosa, que pretende cobrar un precio político por dejar sus actividades criminales. Todo lo que estamos viviendo estos días, incluida la mal llamada Conferencia de Paz, no es más que una farsa, un ropaje para dar cobertura a la práctica rendición etarra. La pretensión de los asistentes a la mentada conferencia para que los Estados español y francés y una organización criminal se sienten a la misma mesa en condiciones de igualdad no deja de ser una utopía que cualquier Gobierno legítimo -y los de ambos países lo son- tiene que rechazar de plano. Tras la reciente legalización, vía Bildu, del mundo abertzale próximo a ETA, no puede haber más concesiones que las que en vía penitenciaria correspondan a los presos que pagan -o han de pagar- por los delitos cometidos.