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Una boda muy machadiana > Manuel Iglesias

   

La boda de la duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart, con Alfonso Díez se ha dividido en dos grupos (y un tercero, que explicaré luego), que son los que ven con entusiasmo tal enlace entre la aristócrata y el funcionario del Estado (un comentarista malvado de la radio decía ayer con crueldad que eso demostraba que los funcionarios del Estado servían para algo) y a los que aparentemente les cabrea tales nupcias por uno u otro motivo (los terceros, una gran cantidad, son aquellos a los que les trae al pairo el asunto y simplemente lo observan como se mira a los funambulistas callejeros dando volteretas).

Donde más se nota la división es en Andalucía. Allí unos ven la boda con fervor de palmas, flamenco y admiración por los famosos, mientras otros se muestran irritados por la imagen que se ha transmitido y se transmite de Sevilla, donde se abunda en los tópicos que entre otros citó Antonio Machado en su obra. Y precisamente el poeta vivió en unas dependencias del Palacio de Dueñas, donde se celebró el enlace. De allí es aquel “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…”

Pero de Machado se ha hablado más en estos días con su referencia a la España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta, / que ha tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta, pero en este caso concluyendo… “su infalible mañana y su duquesa” para reflejar el ambiente loado en Sevilla y uno de cuyos episodios esperpénticos fue el de la señora bailando descalza ante el palacio, con los dedos de los pies tocados de separadores, festejado como modelo evocador de aquellas celebradas marquesas horteras dibujadas por Serafín en La Codorniz.

Algo de esto se ha reflejado en la prensa internacional, donde muchos periódicos recogen la noticia de la boda, casi siempre burlones, desde el casi caritativo de “La extravagante duquesa de Alba se casa en Sevilla” a los que destacan la diferencia de edad y de oficio de los contrayentes, el baile descalza en la plaza, el flamenco y sólo les faltó decir que el novio era torero para acuñar la imagen folclórica de nuestro país.

En general Cayetana cae bien y mejor su carácter de hacer siempre lo que le da la gana, cosa que suele ser más fácil cuando se tiene una fortuna y mucho personal a sueldo que resuelve todas las cosas, y peor se considera a su ahora esposo Alfonso Díez. Comprendo los caprichos de una dama en una juvenil senectud, pero seguramente entiendo aún mejor los de este personaje que difícilmente puede proclamar que está enamorado de ella y que perfectamente podía haber permanecido sólo como amigo, pero buscó convertirse en el duque y dejar su trabajo. Y serán otros los objetivos, pero, desde alguna perspectiva, también son tan legítimos como las motivaciones ducales. Y ahora la prensa del corazón nos bombardeará con la luna de miel, aunque no -esperemos- con la noticia de un embarazo.