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Vicio > Francisco Pomares

   

Hace ahora dos años casi justos escribí la última pieza -en la competencia, aquí al lado- y anuncié que me bajaba. Me comparé sandungueramente con Simeón el Estilita, que se pasó 36 años encaramado a su propia columna, y dije estar cansado de equilibrios. No mentí del todo: después de veinte años aferrado a la costumbre de una plataforma mínima desde la que hurgar en la conciencia ajena, pudieron conmigo. Me fui sin hacer ruido: el periodismo es un ejercicio de riesgo, en el que es frecuente tropezar y romperse la crisma. Dicen los más viejos de este oficio, que cuando llega ese día lo mejor es ir a una esquina a lamerse las heridas.

Si algo tiene la fórmula del perro apaleado es que funciona, como casi todas las recetas de viejo. Así, me refugié en la Universidad, en un viaje interior al pasado, en busca de una ilusión de juventud.

Después de tres décadas de periodismo político, alejarse de antecámaras y palacios te ofrece perspectivas sorprendentes: la primera, descubrir que fuera hay vida. Una vida ajena a los afanes y miserias de quienes reparten la pomada o interpretamos las tripas de las ocas. Una vida hecha de hipotecas amargas y principios de mes que no llegan el día que toca. Por ahí andaba, pastoreando las crisis de estos días cuando el director me pidió volver.

Reconozco que me lo he pensado. Escribir en los papeles no es como montar en bicicleta, que aprendes una vez y ya te vale. Aquí hace falta pedalear mucho y sudar la camiseta a diario, porque usted no va a conformarse con un trabajo de aliño. Y arriesgarse por las cuestas y veredas menos transitadas, que es dónde a veces salta la liebre, por decir algo. Lo nuestro es un arar diario sin recoger más trigo que el de perder afectos y -si trabajas bien- ganar enemigos importantes, que -al fin y al cabo- son los únicos que cuentan. Pero como casi todo lo malo, esto compensa de vicio: escribir en prensa es asomarse a un pequeño espacio de libertad, que antes del profeta Jobs (Mr. Steve) era el folio en blanco y ahora es esta pantalla luminosa con un cursor que parpadea sobre el absoluto inabarcable de la red.

En fin, que vuelvo. Lo hago al periódico en el que nació está columna algo viajada. La verdad, ya ni me acuerdo cuando…