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Votando al diablo > Rafael Alonso Solís

   

Existe una contradicción profunda entre los resultados de las contiendas electorales y la justificación de los mismos. A punto de que suceda una, todo parece tan decidido como si fuese el producto de un tongo monumental, una farsa en la que el ganador lo va a ser actuando al modo de don Tancredo, viendo pasar al toro sin mover un pelo del bigote, con la seguridad de que eso garantiza su invisibilidad y le permitirá recibir los aplausos sin el riesgo de que se le noten las carencias artísticas.

Es cierto que, en este caso, la solución se va a producir por el método de descarte y rechazo, aceptando la vaguedad de lo desconocido, más por la decepción acumulada que por la ilusión imaginada en el porvenir.

Y ello aunque lo desconocido no lo sea, aunque forme parte de la memoria colectiva inmediata y esté asociado a recuerdos tenebrosos, o que reproduzca imágenes perversas de la realidad, que no solo reflejan lo más crudo del momento actual, sino que resultan machaconamente redundantes, presentándose ante nuestros ojos con un sentido de la repetición que podría tener hasta una función pedagógica, como si contuviese la intención oculta de avisarnos del futuro, aún a sabiendas de que jamás haremos caso ni a las evidencias ni a los símbolos.

En algún caso, como ocurre en Madrid, la paradoja resulta tan peculiar como la estructura interna de la ciudad, su alma intangible, tal vez por ser un género literario en sí misma -como precisara Umbral y mostrase antes Valle Inclán a ambos lados del espejo-, o el final del viaje de la alfombra mágica -como ha dejado escrito uno, más motivado por la nostalgia que por la perspicacia o el talento-.

Una ciudad en la que la figura del edil queda desenfocada por la presencia inevitable de la presidenta, a su vez un trasunto de la madrastra de los cuentos infantiles, con sabor a farsa castiza y liberalismo de fachada, como si se tratase de una reencarnación de la Bruja del Norte, que tanto amenaza de castigos a aquellos que no la obedezcan, como de retirar los subsidios a quienes se atrevan a rechistar con persistencia. En este caso, la figura elegible parece sido generada a partir de la energía oscura, resultando un ejemplo de la eterna lucha entre fuerzas contrapuestas.

Lo cual que se acaba votando al diablo o a la diablesa, sencillamente porque los ángeles no tienen alas, y además no se presentan a los comicios.