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EL ENSAYO >

Ya, y no después > Tomás Gandía

   

Toda resolución importante requiere un sacrificio, y cuanto más procura la persona esquivar este sacrificio y desprendimiento tanto más perplejo está en decidirse y mayores dificultades amontona en su camino. El que se ejercita en decidirse prontamente, después de una meditación, y sin vacilaciones pone su resolución en obra, tiene enorme ventaja porque ahorra el tiempo y las energías que otro malgasta en inútiles consideraciones, hijas la mayor parte de su floja voluntad. A ciertos temperamentos les parece imposible determinarse sin reservas en una cuestión cualquiera. Siempre colocan peros, reparos, condiciones y salvedades a manera de asideros a que agarrarse. Se produce el desconcierto en cuanto advierten que no es posible retroceder. No les cabe en la cabeza que están abocados a una consecuencia irremediable. Al indeciso le es imposible, si no pone en ello toda la fuerza de su voluntad, desenvolver la firmeza de propósito ni tampoco puede aprovechar el momento más propicio para la acción. Las espléndidas ocasiones y magníficas coyunturas que muchos pierden por diferir la resolución de un asunto aventajan en número e importancia a las pérdidas por demasiado presurosa decisión. La capacidad de resolver de una manera pronta, acertada y definitiva va siempre asociada a las vigorosas y positivas cualidades, entre las cuales sobresalen la rectitud y la brevedad. La rectitud, como la decisión, es la característica de una mente potente y es el módulo moral de los individuos afortunados en sus iniciativas. Los procedimientos directos son los más a propósito para abrirse paso en cualquier actividad. La habilidad de ir derecho al grano parece de pronto la más vulgar virtud ordinaria, y sin embargo es uno de los factores de mayor eficacia para el perfeccionamiento del carácter en la plenitud de la feminidad y la virilidad. Enorme fuerza entraña el acometer una empresa con la irrevocable determinación de alcanzar el triunfo, con el firmísimo ánimo de llegar a la meta y obtener el premio a toda costa. El solo esfuerzo de colocarnos en actitud triunfante es promesa del éxito. El juicio se fortalece y el criterio se afina cuando nos acostumbramos a resolver firmemente en las actividades de la vida y a fundamentarnos en nuestras decisiones. Pero el juicio se debilita y el criterio se extravía cuando, por el contrario, mudamos veinte veces de parecer. Enorme fuerza entraña el acometer una empresa con la irrevocable determinación de triunfar. Parece ser que uno de los motivos por el que muchos no lo ven claro en los asuntos que les afectan es la falta de confianza en la propia opinión. Permiten que los demás piensen por ellos. Hay que acostumbrarse a confiar en la propia opinión. Sería preciso no dejar camino al retroceso ni puente de escape a la huida.