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Esto no se cobra > por Cristina García Maffiotte

2012 > Cristina García Maffiotte

   

Dice un anuncio de coches que el futuro nos manda mensajes que hay que saber ver. Estoy completamente de acuerdo. En la trivialidad encontramos avisos sobre qué es lo que va a ocurrir.

Paseando por las calles de Santa Cruz o mirando la prensa se pueden encontrar señales encriptadas. Solo hay que estar atentos para hallarlas.

No todo el mundo está preparado para distinguirlas. Hay quien encuentra claves sueltas y solo unos pocos pueden verlas en su conjunto.
Los turistas que deambulan por Santa Cruz captan alguno de estos mensajes. Pasean por la ciudad un miércoles cualquiera de noviembre, a veinticinco grados de temperatura y bajo un sol muy agradable. Y vestidos con sus pantalones cortos y sus cholas (sin calcetines) se paran ante el cuidado escaparate de una tienda cualquiera en la calle del Castillo. Miran el escaparate y miran a su alrededor. Hay algo que no entienden. La tienda vende orejeras para la nieve, abrigos de paño, gorros de lana y guantes. Continúan su camino. Se paran en la siguiente tienda. Botas de piel hasta la rodilla, forradas con una mullida piel de cordero, y chubasqueros homologados para expediciones al ártico.

La sorpresa, entendible, porque es la misma que mostraríamos nosotros si fuéramos de visita a Berlín en noviembre y encontráramos bañadores y camisetas en los escaparates, se convierte en estupor cuando se suben al tranvía.

Los 25 agradables grados del exterior dan paso a los 12 que marca el aire acondicionado. Se ve en sus caras que ahora entienden por qué las tiendas venden lo que venden. Lo entienden pero no lo comprenden. Y es lógico. No es fácil darse cuenta con tan pocas pistas de que están asistiendo a la muerte del sentido común de muchos de los comerciantes locales ni de que existe una extraña enfermedad que se propaga en las Islas y que impide a algunas personas, especialmente a los conductores del tranvía, sentir frío o calor.
Pero no solo los turistas ven señales de que algo raro ocurre. Usted mismo. Si sale a pasear estos días se encontrará las calles llenas de carteles con caras de políticos.

Si usted no es uno de esos elegidos capaces de ver las señales que le manda el universo pensará que se trata de una campaña electoral. Se equivoca. Si se fija bien en esas fotos verá algo extraño. Son las caras de siempre pero hay algo raro en ellas. Se les ve felices, lozanos, sonrientes y extrañamente más jóvenes que hace cuatro años. Sí, efectivamente, estamos ante un clarísimo ejemplo de que la película El curioso caso de Benjamin Button estaba basado en un caso real.

Miras esos carteles y te invade la certeza de que, si el rejuvenecimiento continúa, en cuatro u ocho años estaremos eligiendo a adolescentes. Los mismos nombres de hombres y mujeres reencarnados en púberes que bien podrían aparecer en los carteles acompañados de un monopatín y un mando de la wii.

Y si además de pasear usted entra en un conocido centro comercial asistirá en persona a un curioso fenómeno, comprobará que su reloj ha dejado de funcionar. Castañas en mayo, polvorones en octubre y disfraces en noviembre conviven con engañosos carteles de promociones que hablan de semanas fantásticas que duran un mes y “los ocho días de oro” que se prolongan quince días.

Las señales están por todos lados.

Esta semana, las ediciones de internet de los periódicos nacionales más importantes avisaban de que Paquirrín va a ser padre. Eso no es un mensaje encriptado; es un cartel de neón de cinco metros que no augura nada bueno.

El universo se intenta comunicar con nosotros. Nos lanza mensajes. Son advertencias que hablan de la muerte de la sensatez, de una nueva raza de hombres y mujeres que no sienten ni el frío ni el calor, de la presencia de inmortales conviviendo entre nosotros, de agujeros negros que se comen el tiempo y de la llegada de nuevos y peores tiempos.

Los mayas decían que el fin del mundo será en 2012. Tenían razón. El apocalipsis está a la vuelta de la esquina.

Twitter@maffiotte