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A dos semanas > Juan Julio Fernández

   

A dos semanas de que se abran las urnas, se puede pensar que los españoles estamos cansados de una precampaña que comenzó el mismo día en que el presidente Zapatero decidió tirar la toalla y renunciar a La Moncloa. Desde entonces se han prodigado los discursos que, para muchos, suenan a monsergas.
El corolario es que la que se quiere presentar como campaña y que oficialmente arrancó el pasado jueves no va a cambiar la tendencia del voto recogida en distintas encuestas y que apunta a un cambio, para la gran mayoría necesario y conveniente, aunque puede que no sea suficiente para salir del atolladero en que andamos metidos.
De la democracia real que reclaman los indignados -con razones sobradas y sinrazones inaceptables- el único derecho que está en manos de los ciudadanos es el de procurar la alternancia, esencia misma de la democracia, y que, a lo que se ve y se oye, parece estar decidida mayoritariamente y no desde ahora sino desde los inicios de 2010, cuando se pudo comprobar que la crisis, reiterativamente negada por Zapatero y sus ministros, se instalaba en la vida cotidiana y se traducía en aumento del paro, descenso de las afiliaciones a la seguridad social, bajada del consumo y, consecuentemente, empobrecimiento real, con una llamativa bajada de los estándares de vida a los que nos habíamos acostumbrado cuando las vacas fueron gordas.
No parece que ni la precampaña ni la campaña vayan a cambiar sustantivamente las intenciones de voto que auguran una mayoría holgada del Partido Popular y un notable retroceso del Partido Socialista.
Contra éste lucha denodadamente el candidato Rubalcaba apelando a las viejas glorias de su partido, lo que da a entender que no tiene banquillo para cambiar de alineación.
Con todo, en estos últimos días y a la espera de que hablen las urnas, a la ciudadanía parece preocuparle más al número de escaños que puedan obtener los dos partidos hasta ahora mayoritarios y al papel que, a resultas de este reparto, puedan jugar los minoritarios, nacionalistas o no, y que podría ir de lo necesario a lo conveniente.
Tampoco parece que el cacareado debate entre Rubalcaba y Rajoy, con el que se pretende calentar la campaña, vaya a influir en la tendencia de voto, pues los dos candidatos llegan al mismo con trayectorias suficientemente conocidas.
Ni tampoco los programas, porque muy pocos los han leído o van a leer, convencidos de que las promesas que en ellos se incluyan son para incumplirlas -Tierno Galván dixit-.
Nada más conocerse el del PP, Rubalcaba lo calificó de “oscuro”y “deliberadamente ambiguo”, dando por sentado que el suyo era “claro” y “concreto”.
Falta por ver si los votantes van a analizar estas calificaciones, porque la mayor preocupación de los españoles en las actuales circunstancias es remontar la crisis económica para respirar con menos agobios y esto lo esperan de un cambio responsable, que lo ven más viable en manos de Rajoy que de Rubalcaba, a quien consideran corresponsable de los errores cometidos y que, sumados a los efectos de la crisis global, nos han llevado a la dramática situación que nos agobia.
Más que como a un químico son muchos los que le ven como a un alquimista del oscuro Medievo, empeñado en convertir en oro todo lo que toca y ofrecerlo como panacea de todos los males que nos aquejan.
Lejos de lo que pudo influir en Zapatero para tomar la decisión de anunciar, con exagerado adelanto, la convocatoria de las elecciones como ventaja para su sucesor, el tiempo está actuando en su contra.
Ni la crisis griega ni el incremento del número de parados son datos alentadores para un velocista obligado a correr una carrera de fondo y, además, con obstáculos.
En su ayuda y para darle sombra, no llegaron los brotes verdes. Ni aparecieron en primavera y menos van a aparecer en otoño. Y en su contra que están pesando como losas frases como “que viene la derecha” o ¿quién ha dicho crisis? reiterada por Zapatero y sus ministros o la pronunciada por él mismo, “los españoles no se merecen un gobierno que les mienta”, suficientes para entender quién o quiénes faltaron a la verdad.
Si los vaticinios se cumplen, Mariano Rajoy en La Moncloa no lo va a tener fácil. Los problemas a resolver son difíciles y, además, tendrá que contar con movilizaciones de sindicatos, manifestaciones de indignados y reacciones de intelectuales, empeñados en demostrar que todos los males pasados, presentes y futuros son asimilables a la propia derecha.
Un Gobierno con los mejores, diálogo conciliador y, en todo caso, firmeza y diligencia para aplicar las decisiones que juzgue pertinentes y claridad para explicarlas son bazas que pueden jugar a su favor.