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Acuerdo tardío pero razonable > Juan Carlos Sánchez Reyes

   

En un momento en que la Eurozona se debate ante una posible recesión generalizada, las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos han aprobado de manera definitiva un nuevo tratado de libre comercio con Colombia, Panamá y Corea del Sur, estancado desde 2006. El acuerdo, al que el mismo Obama había puesto objeciones antes de llegar a la Casa Blanca, ha despertado grandes expectativas en estas zonas estratégicas del mundo.
Según la Casa Blanca, su aprobación ayudará a crear 250 mil puestos de trabajo y aumentará las exportaciones por unos 13.000 millones de dólares al año. Tan sólo el de Corea de Sur, el séptimo socio comercial de EE.UU., ayudará a crear 70.000 empleos.
Especialmente en Latinoamérica, el acuerdo reviste una extraordinaria importancia ya que este tipo de convenio servirá para consolidar una cooperación más igualitaria y de menos dominación entre la superpotencia y el resto de los países del área, con reglas que garanticen el acceso de sus productos en el mercado norteamericano, de una forma más fácil y sin barreras. De hecho, no pocos analistas están acuerdo en que el Tratado contribuirá a la generación de empleo, a la modernización del aparato productivo y a la creación de nuevas empresas impulsadas por inversionistas nacionales y extranjeros, lo cual redundará en el bienestar social.
Sin embargo, el Tratado tiene también sus enemigos. Internamente, una izquierda bananera que se aferra a un modelo sindical reivindicativo que funcionó en el pasado cuando se culpaba al “imperialismo yanqui” de todos los males, pero que ahora resulta un anacronismo en dos países necesitados de una democracia moderna, administrada en lo económico por el mercado y la transparencia de las cuentas públicas.
Esa percepción de falta de credibilidad entre los firmantes se produce también de puertas afuera. Algunos líderes del partido demócrata en Estados Unidos han puesto en duda la capacidad de Colombia para garantizar la estabilidad de las instituciones democráticas, en un país que si bien ha conseguido debilitar las narcoguerrillas comunistas de las FARC, padece una mafia sindical colectivista de corte soviético, enferma de populismo, que instalada en todas las organizaciones sindicalizadas del tejido productivo, demanda medidas populistas que conducen, inevitablemente, a la inseguridad y al empobrecimiento de la población.
En paralelo, la pérdida de confianza en importantes instituciones panameñas, salpicadas de escándalos de corrupción, evasión fiscal y lavado de dinero ha disparado también todas las alarmas dentro y fuera de Estados Unidos. Sólo el tiempo determinará si la decisión del Congreso ha sido acertada o no. En el caso de los dos países centroamericanos, la aprobación del tratado de libre comercio tiene, sobre todo, un claro significado geocomercial por lo que representa para Estados Unidos que, además de mirar, como hasta ahora lo había hecho hacia China, se abre también hacia su entorno natural más próximo.
Cabe esperar que la búsqueda de este reequilibrio no sea sólo consecuencia de la subida de los salarios en China -como resultado de la apreciación de la moneda china, y de una mano de obra cada vez más calificada-, lo que está motivando que cada vez más empresas estadounidenses abandonen el gigante asiático para instalar sus fábricas en Centroamérica.
Por tanto, la responsabilidad de Washington debería ir más allá, sobre todo cuando la estabilidad de toda una región está en juego. De momento, los contenidos de este acuerdo son un catálogo de buenas intenciones y promesas. Ahora falta la voluntad política para hacerlos realidad en su conjunto.