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Amor de madre > Conrado Flores

   

Pocas cosas son más dignas de estudio que las madres del mundo. Tengo una amiga que me cuenta que la suya, si está más de una semana sin verla, le baja los párpados para comprobar si está comiendo bien. “Tú estás anémica”, le dice. Sería muy normal si no fuera porque mi amiga tiene más de cuarenta años y dos hijos.
Porque al lado de tu madre, por muy viejo que seas y por mucho que hayas viajado, uno no deja de ser ese chiquillo que corre a abrir la nevera para comprobar si le hicieron su postre favorito. ¿Cómo explicarlo? Si no eres madre, por mucho que lo intentes, no lo puedes entender. En mi familia se acostumbraba a cocinar sano y abundante.
Mi madre es una mujer que se crió en la postguerra y tiene los calderos pequeños como nuevos porque no los ha estrenado. En casa éramos sólo cuatro pero las cantidades de comida de un almuerzo hubieran servido para alimentar a los Chicago Bulls después de un partido.
En la mesa sólo había una regla: “la comida no se tira”. Por fortuna, un tipo que también tenía madre se puso a pensar e inventó el tupper.
A veces suelo decirle a mi padre: “si te comes todo eso te vas a morir”. Pero él siempre me responde lo contrario: “¡me muero si no me lo como!”. Es cultural y es social. Y también estomacal.
Desde que naces, tu madre se lleva un disgusto si no comes. Es también un hecho que cada día te verá más flaco. Es como si a un joven león que abandona la manada, su madre leona le prepara una gacela para el camino y le deja una en la nevera por si vuelve. No es que piense que no sepas cazar gacelas, es simplemente que quiere dejarte claro que, si tienes un mal día, no hace falta que te pases todo el día correteando detrás de ellas y perder la salud. Siempre puedes volver a la manada y zamparte una al ajillo.
Hoy día, son ellas las que están consiguiendo que cientos de miles de personas no se vean sin un techo y sin un plato de comida. ¿Cómo se lo vamos a agradecer? Te aviso, a ellas les da igual. Son madres.