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Atrapados en un mar cósmico

   

Orlando Cova, el poeta de San Andrés. | DA

ÁNGHEL MORALES GARCÍA | Santa Cruz de Tenerife

En recuerdo del amigo Orlando Cova,
que nos dejó en el guachinche de la plaza
con nuestro vaso de tinto peleón
y se fue a beber lentamente las estrellas.

El cielo era rojo como el vino tinto de aquel día perdido en los siglos y ahogado en los lagos de sangre. Nosotros solamente disparábamos saliva y balas a los duros interrogantes de la vida.

Sobre la tierra verde casi negro, llegaba la poca luz del sol, oblicua y cortante como una hoja con filo de fuego. Y entre esa luz, sobre el verde casi negro, andaban los hombres: figurillas corriendo de forma desenfrenada y absurda. No formamos parte de mitología alguna, solamente somos un fragmento de un pueblo llamado humanidad, que no tuvo nunca patria, que desconoce toda clase de banderas y que, sin embargo, participó de la sensación de la libertad viva.

Más abajo, muy abajo, a ras de tierra, al nivel de las figurillas, se podía sentir el ronquido sordo y caliente de sus pechos, cortado por vidrios de odio en sus gargantas, y se podía ver las lucecitas que destellaban sus difusores de muerte: eran instantáneas, fugaces, fatuas como el fuego de un alma que muere sin ver la luz. Las banderas siempre pertenecieron a la fuerza de otros, a una única idea que era de esos otros y nosotros estábamos dispuestos a recorrer todas las distancias, caminando hacia el pan, hacia un pedazo de aire libre, hacia la lealtad.

Brillaban los dientes blancos y también sus ojos, en imágenes que eran como gritos silentes de miedo, de horror. La furia lo llevaba en vilo, pateaban la tierra al andar como si quisieran herirla; se sentían poderosos, cada uno se creía una torre, una montaña de piedra, al ver a otro que ante sus ojos se deshacía en sangre y polvo. Que se queden con sus dioses, sus máquinas y sus llantos, con sus absurdas teorías sobre el pan y el combustible; da rabia beber vino sin alegría y las respuestas nunca están inexplicablemente en el fondo del vaso.

Al final, cuando ya el viento se llevaba aquella atmósfera enrarecida y caliente, todos… todos estaban derrumbados; ya no eran más montañas, ni torres, ni figurillas. La tierra se cobraba su tributo; era el ineludible momento de la paga… Bernal, Sesé, Baudet… Orlando Cova… Si amigo no es aquel que te seca las lágrimas, sino el que evita que las derrames… ¿cuántas veces evitamos que los amigos lloren? ¿Cuántas veces intentamos consolarlos?

Las partículas fugitivas, los corpúsculos escapados de su seno, eran otra vez polvo de su polvo por los siglos de los siglos. Pero nadie lo aprendió. Ella fue el único testigo, la impasible vencedora de siempre… Y desde siempre han enseñado a los niños a detonar bombas de harina, logrando la eternidad de pueblos indivisibles para que descubran futuros con bombas de vino y, sin temblores, ejecuten día a día sus revoluciones limpias como palomas.

Al día siguiente, como una sonrisa irónica, vendría la luz blanca y tenue de un cálido sol, y sobre el verde brillante nacerían flores de suave olor y tiernos colores, vendría el viento con su música melodiosa… y toda la Naturaleza reiría, sonora y tremenda, su absoluta omnipotencia… Y yo estoy aquí, en este instante, comenzando a marcharme, cambiando la piel, posponiendo un poco el tiempo al que pertenezco. Y me iré a las copas y la baraja, ganaré y perderé lo justo para volver a jugar en equilibrio con mis expertos contrincantes lo razonable para acudir a todas las celebraciones blancas ofrendadas por un sol que no me pertenece…

¡Hasta siempre, Orlando!

(Octubre de 2011)