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Italia es uno de los países más extraordinarios de cuantos el mundo conoce. Dio a la fama, en tiempos remotos, un imperio que no sólo conquistó el mundo conocido sino que le dio forma después de haber introducido en sus venas el veneno y el prodigio de los griegos.

Es decir, uno puede hoy llegar a la conclusión de que el imperialismo y el colonialismo son abominables, pero también podemos sentarnos ante los discursos de un tal Cicerón y disfrutar del ingenio dialéctico de aquella gente, o abrir por cualquier página la Eneida y ser seducidos por su monumentalidad y por su hermosura.

Italia cuenta, además, con algunas de las ciudades más admirables del mundo. Firenze es impar, por su trazado, por lo que manifiesta y por lo que contiene; Venezia es única; Roma es una delicia. De donde uno puede admirar la elegancia de Estocolmo o de Praga o de Brujas, la majestuosidad de Córdoba o de Granada, sin parangón con los lugares que he dicho. Y uno puede repetirse una y otra vez que para vivir en este planeta hay dos lugares de la humanidad ineludibles: Londres y/o Madrid. Pero eso es otra cosa.

Italia es un prodigio de principio a fin, desde el sur más sur, desde Sicilia, hasta el sofisticado norte, con el desatino de Napoli y la impersonalidad de Rimini.

Y, por más decir, Italia dio a los occidentales el momento culminante de su pensamiento y de su historia, el Renacimiento, la Modernidad, que luego sentenciará el Romanticismo alemán con la fiscalización del absoluto individuo, cosa que deviene en Eterno Retorno y la muerte de Dios, entre otras cosas. La capacidad de Italia es sorprendente. Desde la conquista del mundo por la Pizza a Ferrari, desde la locura del turismo a lo que ganan con la venta de diseño.
Excepcional.

¿Todo lo dicho es Berlusconi?

Recuerdo la reacción del escritor Antonio Tabucchi tras el acceso del susodicho al Gobierno de Italia. Desesperado, descompuesto, confundido Tabucchi llamó por teléfono a mi casa. Pongamos que, como pensé entonces, haya alguna explicación razonable. Por ejemplo, el dominio de los medios de comunicación, en especial la TV, y lo que de ello sale: la desmovilización y el deterioro de los discursos, cual ocurre aquí con la grotesca y obscena Tele 5.

Pero eso no es todo. Que un país dé mayorías absolutas a Bush, Aznar, Rajoy o Berlusconi habla del país en cuestión y define al país que da mayoría absoluta en una votación democrática a fulanito de tal. Cada país es lo que cría. Eso pensé también entonces, y eso dije.

Y digo ahora que Berlusconi representa lo que una parte de ese extraordinario país llamado Italia manifiesta. A pesar de que ahora se hagan festejos por la calle y silben al cavaliere porque lo han obligado a dimitir desde el corazón de la actual Europa, eso representa: el machismo, la xenofobia, la homofobia, el racismo, la determinación de que el poder es un útil que ha de aprovecharse so pena de considerarte imbécil, que la riqueza por el poder es lo suyo y que es un mérito usar el gobierno para salir ileso de tus tropelías, más cuando queda demostrado que en Italia los jueces son lo que son, ni punto más ni punto menos, tanto que si se pasan de la raya pueden padecer accidentes lamentables, tan grabes que incluso pueden costarles la muerte. De lo cual se deduce que ser modelo de la camorra es un don; ser modelo de macho, por el trato con las mujeres y si son jóvenes mucho mejor, es otro.

Cuál es el papel que cumple en la historia este individuo de difícil calificación, si lascivo, vil, sectario, pudibundo, cínico, autócrata… Europa se movió hace unas semanas, ¿por qué antes no lo hizo, a pesar de los ataques indiscriminados de género, las desconsideraciones a la democracia o al valor mismo de la acción política? Se dice que fueron las mujeres italianas las que pusieron en el límite a ese singular individuo. ¿Oyeron los gritos que prodigaron en las calles los dirigentes de Europa? Es decir, cabe una sospecha: ¿fue provechoso Berlusconi para la gran Europa a pesar de todo? De lo cual se deduce otra pregunta, visto lo acaecido en los días pasados: ¿qué falló? O lo que es lo mismo: ¿se preocupó Europa de que Berlusconi manifestara la más depravada impudicia en el poder, o se preocupó Europa de que Berlusconi les fastidiara con su actitud el negocio en el que andan metidos?

Dos cosas para terminar. Una, Mario Monti, el que sucede en el desastre a Berlusconi, es un católico practicante que fue asesor del grupo de inversiones norteamericano Goldman Sachs, ese que ocultó el desastre de Grecia hasta que pudo y que es uno de los grupos implicados en el desastre financiero que padecemos. Monti, con un gobierno de tecnócratas y sin ningún político en sus filas, salvará a Italia del desastre y con ella a la bienaventurada Europa.

Dos: ¿visitará Berlusconi alguna cárcel italiana por las causas pendientes?

Esas tenemos, ni más ni menos. Eso sufrimos, eso pagamos.