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Bitácora para el naufragio > Alfonso González Jerez

   

Por supuesto, el presente artículo está emborronado antes de que se abran las urnas en este domingo que amenaza lluvia y revolcones electorales y una interminable tarde de grisura melancólica hasta que se escuche el ulular de los vencedores y su alegría inmensa al llegar al gobierno de un país al borde de la quiebra, y conseguirlo con inusitada contundencia, precisamente, porque está al borde de la quiebra. Pero los acontecimientos que se sucederán a partir de mañana lunes son perfectamente predecibles.

a) El mismo lunes, o a más tardar, el martes, el ganador de las elecciones presentará su Gobierno, o al menos, al núcleo duro de su gobierno, es decir, a su vicepresidente y a los ministros del área económica. Existe una dificultad: las disposiciones constitucionales y legales establecen unos plazos insoslayables, en virtud de las cuales el nuevo jefe del Ejecutivo solo podrá jurar o prometer el cargo a partir del 16 o 17 de diciembre aproximadamente. Casi un mes de gobierno en funciones en una situación de emergencia nacional. Y con cinco -nada menos que cinco- subastas del Tesoro Nacional -letras y bonos- por valor de miles de millones de euros y que no pueden suspenderse sin empeorar aun más la credibilidad del país en el cumplimiento de sus compromisos. Se rumorea que el presidente saliente y el entrante han encargado a una comisión de expertos (administrativistas, constitucionalistas, economistas, funcionarios técnicos de la Unión Europea) una arquitectura específica para la transición entre gobiernos más delicada y peligrosa desde hace treinta años. Sería una suerte de extraño gobierno de concentración que se prolongaría durante tres semanas; un traspaso de poderes que establecerá canales de comunicación permanentes y sistemáticos con reuniones prácticamente diarias entre próximos ministros y futuros exministros. Entretanto el inminente presidente del Gobierno se volcará en tres frentes: las instrucciones a los presidentes de sus comunidades autónomas, la definición de una plan de recortes presupuestarios y reformas particularmente atroces y los contactos con la Comisión Europea y con los gobiernos alemán y francés para formular un compromiso solemne, el compromiso de todos los compromisos.

b) En la última semana de 2011, el nuevo presidente presentará en las Cortes -y probablemente en una intervención televisiva a todo el país- el plan de recortes y reformas, que en buena parte será la base del proyecto de la ley de presupuestos generales del Estado para 2012, aprobado con seguridad en un mes y medio más tarde. La situación es dramática, es peor de lo que se imaginaba, estamos al borde del abismo y etcétera. El recorte oscilará entre los 20.000 y 30.000 millones de euros aproximadamente: es el compromiso solemne del presidente y del nuevo Gobierno antes las autoridades europeas y, desde luego, ante el Gobierno alemán. España transigirá en meterse en el quirófano del doctor Frankestein a cambio únicamente de que el Banco Central Europeo siga comprando bonos españoles en el mercado secundario para evitar el riesgo de default y de que el Banco de Desarrollo Europeo abra una línea de crédito a medio plazo: lo fundamental es abandonar, a base de una disciplina presupuestaria y fiscal espartana, y asumiendo el impacto de la paralización de la economía y el mantenimiento o aumento de la tasa de desempleo, el pelotón de los desahuciados del Sur de Europa: Grecia, Portugal, Italia incluso. Dos años de penurias con un Estado de Bienestar reducido, si es menester, a un trasunto de caridad dickensiana -lo que por otra parte ofrece excelentes oportunidades de negocio a empresas privadas en el ámbito de la educación, la sanidad o los servicios asistenciales- y una lenta pero significativa recuperación del PIB y del empleo en los dos años siguientes gracias a los incentivos fiscales a la contratación, el contrato único y la destrucción de los convenios colectivos. Un empleo de peor calidad, más inestable y más barato, pero después de un largo lustro de sufrimiento se le puede antojar una bienaventurado maná a cientos de miles de ciudadanos. En sus inicios, en su televisado discurso sobre la sangre, el sudor y las lágrimas que nos esperan, el presidente reclamará el apoyo de todas las fuerzas políticas, eso sí. Pero como es probable que disponga de cerca de 200 diputados tampoco se sentirá muy apurado si el principal partido de la oposición o los nacionalistas no le prestan su respaldo político o parlamentario.

3) En una de sus famosas frases elegantemente destructivas, Óscar Wilde afirmó de un escritor antipático que solo tenía dos problemas: que no tenía nada que decir y que no sabía cómo decirlo. La estrategia del nuevo presidente sobre la que aquí se fantasea solo implica dos problemas: España y Europa. El primero resulta de muy sencilla exposición: se trata saber si el país aguanta sin que su cohesión social y territorial se vaya al infierno. Convertirse en la hija predilecta de la madrastra Merkel, en la oveja negra que se blanquea y que vuelve al rebaño, supone una apuesta muy arriesgada. Al cumplimiento del compromiso sobre el déficit fiscal (un 4,2% del PIB a finales del 2012) se suma la devolución de los intereses de la deuda y la muy probable y estrepitosa morterada que habrá que inyectar en el sistema bancario español (y particularmente en las cajas de ahorro) para cumplir la nueva normativa europea sobre el capital de calidad. La creación de un banco público malo, que absorbiera todos los activos envenenados o inservibles, también costaría unos cuartos. Y mientras tanto, y durante largo tiempo, el desempleo se mantendría estancado en un 20% de la población activa y las pymes, los autónomos y los emprendedores seguirían sin ver un maldito euro de crédito. La segunda dificultad es Europa: la estrategia del nuevo gobierno presupone una mínima estabilidad política, financiera y económica -por ejemplo, que no quiebren Portugal o, más terriblemente, Italia; que Francia no sufra un infarto financiero al serle retirada la AAA por las agencias de calificación, en fin- que está lejos de ser fiable. Porque, como escribió muy recientemente Xavier Sala-i-Martín, todo el mundo da por hecho, y esa es tal vez el mayor apriorismo de la estrategia del gobierno que saldrá de las urnas dominicales, que Alemania es la garantía irrompible de todas las deudas de Europa. Y la situación económica y fiscal de Alemania bien puede empeorar. Lo indican varios factores: una deuda que alcanza ya el 80% de su PIB, una evidente desaceleración de su actividad económica, un incremento notable, en la próxima década, de sus gastos sociales, especialmente en lo que se refiere a pensiones, un compromiso de decenas de miles de millones de euros de aportación al fondo de estabilidad económica y la certidumbre del empeoramiento de países como Francia, Bélgica y Holanda, que muy probablemente, en los próximos tres años, deberán priorizar salvajemente sus propios problemas de financiación y poco o nada podrán aportar a las necesidades de los estados de la zona euro en peores condiciones. La apuesta del nuevo gobierno español será muy parecida al todo o nada, salvo que el todo será la casi nada de la supervivencia y la nada amenaza con devastar ortodoxamente toda una cultura democrática: los restos de la autonomía de lo político flotando en este gigantesco, cruel y desquiciado naufragio. Porque esta gente entiende y propaga, jura y perjura, que el mejor momento para aprender a nadar es, precisamente, un naufragio.