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Burbujeando > Alfonso González Jerez

   

Yo creo que hemos hecho lo suficientemente el idiota. Ya hemos acumulado las suficientes entrevistas con necios de ignorancia enciclopédica, con octogenarios que balbucen sandeces, con sabios pedáneos e historiadores aficionados, con videntes y curanderas, con científicos más preocupados en sí mismos y en ridiculizar al adversario académico y profesional que en el propio fenómeno volcánico. Creo, chicos y chicas, que ya hemos agotado todas nuestras reservas malolientes de titulares oligofrénicos, entradillas ilegibles, sumarios grotescos y prosa poética. Un corresponsal de un periódico grancanario eligió incluso el volcán para retomar el inigualable estilo de sus redacciones de séptimo de EGB. Pocas cosas más patéticas que un periodista arrastrándose penosamente en busca de una metáfora, para encontrar al final un símil tan sobado como sus propios calzoncillos. Ah, sí, por supuesto. Pedirles a los medios actualmente que eludan el sensacionalismo es como solicitarle a un tiñoso que no se rasque. Y los políticos que vienen y van, que se solidarizan y llaman a la tranquilidad y luego llaman al restaurante. Y los mismos científicos enguruñados sobre sus propias estrategias de protagonismo, promoción o mero culichicheo. Es más que suficiente. Para ser sinceros ha sido demasiado. Lo último que he podido leer es a un adepto ferviente al gilicuquismo multidisciplinar proclamar que la erupción de El Hierro es, poco más o menos, una bendición celestial, un nuevo atractivo turístico excepcional, una promesa de prosperidad si las autoridades públicas se dan prisa y montan con dos duros, porque el espectáculo lo ha cedido gratuitamente la naturaleza, un parque temático sobre catástrofes vulcanológicas en el que las lapas podrán sustituirse por hamburguesas.

Prácticamente no he podido leer, escuchar o ver ninguna historia, y el periodismo consiste, básicamente, en contar historias para comprender un acontecimiento, no en ponerle la cámara, la alcachofa o la grabadora al primer bípedo o cuadrúpedo que se te cruce por delante. Y en El Hierro no se está viviendo ningún maldito espectáculo de luz, piroclastos y sonido, sino una durísima y mortificante crisis que amenaza con destruir una parte sustancial de la economía de la Isla. Ya no se puede faenar. Ya no se puede ofrecer pescado y alojamiento a los miles de turistas que recalaban en El Hierro a lo largo del año. Cientos de personas duermen fuera de sus hogares con el impacto consiguiente en su vida cotidiana, y sin saber si este paréntesis exasperante y ruinoso durará semanas, meses o años. Pero el espectáculo debe continuar. Ha erupcionado nuestra imbecilidad colectiva, nuestra metódica confusión y algarabía, nuestra entrañable y extreñida ineficacia. Y cómo burbujeamos.