X
a babor >

De cómo inventarse otra cosa > Francisco Pomares

   

La fábula: cuenta Iriarte que una rana cayó en un tazón de leche y desesperada por salir, movía y movía sus ancas hasta el agotamiento, observada por una mosca desde el borde del tazón. La mosca se burlaba y animaba a la rana a rendirse: “No te esfuerces, no podrás salir nunca”, le decía. Pero la rana se negaba a sucumbir y tanto batió y batió la leche que acabó por convertirla en mantequilla. Luego se subió en ella, se zampó a la mosca y se fue a tomar unas copas. De la fábula existen versiones infantiles que cuentan que rana y mosca se hicieron amigas. Pero se trata de versiones poco creíbles: la fraternidad universal nunca ha convertido la leche en mantequilla.

La historia: hace muchos años, un político de UCD, un tal Manuel Hermoso, se cayó dentro de un tazón de leche, y en vez de hacer mantequilla, convenció a la mitad de Tenerife para hacer el baño de Popea. Al principio, las moscas, socialistas todas, se partían de risa, pero Hermoso, dotado de un particular sentido para entender a su gente, sedujo a tantos que al final había más dentro del tazón que fuera. Así estuvieron algún tiempo Hermoso y los suyos, a remojo en el tazón, y con los socialistas fuera, sin entender por qué una sociedad entera elegía aislarse. Hasta que Hermoso supo que sobre la mesa de la cocina había un gran trozo de tarta, y decidió juiciosamente que si la leche está bien, la leche con bizcochón está mejor. Pero no podía salir del insularismo -del tazón- después de haber convencido a tantos de que lo bueno era estar dentro… por eso inventó Hermoso el nacionalismo.

Y resultó un invento más alimenticio que toda la leche, la mantequilla y los bizcochos del mundo. Un invento al que ha sacado renta política al menos una entera generación de políticos de Coalición, mientras los votos no dijeron lo contrario. Pero a veces las cosas -y los votos- cambian. Ahora sólo quedan unas pocas migajas en la mesa de la cocina, y las moscas se van con su zumbido a otra parte. En su lugar, va a administrar el lugar un tipo barbado y poco dado a las bromas, dispuesto a tragar sapos en jalea. Por eso, los de aquí quieren inventar algo nuevo, algo que supere el insularismo y el nacionalismo y permita replantear el viejo acuerdo otra vez. Todavía no saben muy bien en qué consiste, pero la nueva política ya tiene nombre: se llama problema de Estado. La presentarán en sociedad tras el 20-N.